Aunque sentarse allí no era de lo más reconfortante al menos le permitía rememorar otros tiempos, aquellos en los que era un empresario de éxito de la construcción y tenía uno de los áticos junto al Museo del Prado, justo encima del Jardín Botánico.
Fueron buenos tiempos, todo iba viento en popa, las Promociones surgían por doquier, tenía una mujer espectacular, varios coches de alta gama, en definitiva, una vida de lujo.
No sabría decir muy bien como empezó todo, aunque el sigue pensando que fue en aquella visita a Sevilla, cuando en los alrededores de la Giralda una gitana les ofreció una rama de romero. Salía de una cena con su mujer y unos amigos, con el estado de excitación propio de esos momentos de excesos en la comida y la bebida. No recuerda por qué ocurrió, lo que si sabe es que la gitana empezó a proferir juramentos y maldiciones, de esas que solo conocen ellas.
Lo cierto es que días después empezaron los problemas. Primero fue la paralización de unas obras por unos problemas en las licencias, parece ser que el nuevo Responsable de la Sección en el ayuntamiento no se avenía a “razones”. Luego la maldita huelga de la construcción, los retrasos en la entrega de los materiales como consecuencia del boom inmobiliario,...
Esta sucesión de problemas le acabó pasando factura en todos los ámbitos. En lo profesional empezaron los primeros retrasos en los pagos, con problemas de financiación. Para poder salir adelante empezó a hipotecar lo que tenía, y por supuesto empezó a recortar gastos. Y aquí vinieron los problemas en lo personal, llegaron las primeras discusiones. Parece que el solo era el que entendía la situación que estaban pasando.
Con todo ese cóctel la situación se complicaba por momentos, hasta que en el mismo día llegó el primer embargo y la notificación del abogado de la solicitud de divorcio por parte de su mujer.
En ese momento la bola de nieve empezó a rodar y ya fue imparable. Su mujer estaba embarazada y consiguió quedarse con lo único que le quedaba por hipotecar, el ático de Alfonso XII. Además la sentencia le obligaba a pasarla mensualmente una cantidad de dinero desorbitada para su situación actual. Finalmente, como no pudo seguir manteniendo la pensión, su mujer decidió vender el ático.
De repente se encontró durmiendo en la oficina, en un colchón detrás de unos armarios. Ya casi nadie entraba por lo que no tenía mucho problema. Fue una solución temporal ya que la ejecución de los embargos pendientes le dejo literalmente en la calle, sin dinero, sin trabajo, sin familia...
Pero le quedaban sus ganas de vivir. Gracias a ellas intento conseguir trabajo, pero con el paso de las jornadas la situación era más complicada. Además su aspecto cada día era más lamentable, consecuencia de la falta de higiene (sin dinero solo podía recurrir a las escasas fuentes públicas porque en los Centro Comerciales ya le prohibían la entrada).
Y así es como había llegado a “su banco” del Retiro.
La fría tarde había dado paso a una noche heladora, se acurrucó entre los cartones que llevaba consigo esperando que esta noche no pasasen los Policías Municipales para llevarle al albergue de San Isidro como la noche anterior. Podría encontrarse en la calle, pero todavía conservaba algo de su orgullo y verse rodeado de “aquella gente” le provocaba nauseas.
Finalmente pudo conciliar el sueño. Paradojas de la vida, un Banco se quedo con todos sus bienes y un banco se quedo con su vida.
A la mañana siguiente no era más que una noticia breve en las noticias locales: “la intensa nevada de esta noche en Madrid se cobra la vida de un indigente en el Parque del Retiro”.
Precioso relato,me llama la atención su sencillez y la forma de describir la crudeza de tocar fondo sin un atisbo de juicio...El juego de palabras del banco ,la vida y los bienes sublime...
ResponderEliminarSigue así...
Besos
Muchas gracias Karmen, hoy más que nunca tus ánimos son muy importantes para mí.
ResponderEliminarMe encanta Fernando, estoy enganchada a tus relatos.
ResponderEliminar