Hoy he vuelto a escucharlo, el sonido más desagradable que ha llegado a mis oídos. Más que sonido es ruido. No es estridente, es un ruido seco, corto, pero que se introduce a través de los oídos pasa por los tímpanos y comienza a martillear en la cabeza.
Afortunadamente no es un sonido que se escuche con frecuencia, no podría resistirlo y enloquecería.
Todo el que lo haya escuchado habrá sentido la misma sensación. Es un ruido que no se olvida, que nadie quiere recordar pero que una vez que se introduce en nuestros cerebros se queda para siempre.
Es un ruido que provoca dolor, un dolor intenso, difícil de describir, contagioso.
Esta mañana he vuelto a escuchar el ruido de las primeras paladas de tierra cayendo encima del ataúd. El dolor de perder a un ser querido es grande, pero escuchar ese ruido lo hace desgarrador, rompe el silencio de una manera salvaje, martilleando los sentimientos.
Nunca he sido partidario de la inhumación, siempre he preferido la incineración. Creo que empiezo a comprender mis motivaciones internas para pensar de esta forma.
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