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martes, 31 de enero de 2012

Se busca inquilino

Esto no puede seguir así, pensó. Ya hacía casi un año que se había marchado el último inquilino y desde entonces no había conseguido encontrar a nadie a quien alquilar la habitación.  Desde que se marchó la habitación estaba vacía, siempre preparada por si alguien preguntaba, pero vacía. Cada vez que pasaba por la puerta y veía la habitación vacía se acordaba de él.

Fueron buenos años. El inquilino era uno más de la familia, al fin y al cabo llevaba con ellos más de diez años compartiendo hogar.  Siempre era cumplidor en el pago de la renta mensual y no daba problemas (y si los dio los habían olvidado).

Como los anteriores, había venido recomendado a través de conocidos del pueblo.  Eran otros tiempos.
Al principio fueron los emigrantes que dejaban los pueblos en busca de fortuna en las ciudades. La mayoría de ellos terminaban alojados en pensiones, o alquilando habitaciones como la suya. Siempre venían de parte de algún conocido del pueblo.

A los emigrantes les sucedieron los estudiantes, muchos de ellos hijos de aquellos, a los que sus padres querían dar una educación mejor que la suya y les mandaban a la ciudad.  A ella nunca le gustaron, daban demasiados problemas.

La verdad es que reconoce que tuvo mucha suerte. Un día de finales de agosto se presentó en su casa buscando habitación.  A ella le extrañó aquella situación, le conocía de verle por el barrio y sabía que había estado alojado en alguna pensión cercana.  En ese momento tenía la habitación libre, y le pareció una buena opción. Parecía una persona formal.

Pronto se dio cuenta que no se había equivocado.  Los meses pasaban sin incidentes, pagaba religiosamente, no daba problemas y se hacía querer por el resto de miembros de la familia.

Pero de repente, hace casi un año, llegó un buen día y dijo que tenía que marcharse fuera, que tenía que dejar la habitación.  Y así, de la misma forma que llegó, desapareció.  Eso sí, después de pagar la mensualidad.

La noticia llegó en el peor momento. La crisis afectaba a todos y se antojaba difícil volver a encontrar un inquilino.  Y así fue.  Fueron pasando los meses y la habitación seguía estando vacía.

Las fuentes habituales de “recomendados” ya se habían agotado, ante la falta de oportunidades de trabajo ya nadie emigraba de los pueblos a las ciudades, y los estudiantes ya no venían porque sus padres no podían costearles los gastos.

Había oído comentar en algún programa de la radio, aunque no recordaba en cual, que el inquilino tipo estaba cambiando, y que en la actualidad la mayoría eran hombres separados que habían tenido que dejar su hogar a sus hijos y sus ex. 
Y debía ser cierto porque unos meses atrás conoció a un hombre de dicho perfil. Incluso se acercó a ver la habitación. Pero no le servía.  El necesitaba un lugar mejor para los fines de semana que tenía a su hijo, no podía tenerle en una cama plegable.

Al principio no le dio importancia, pero viendo que pasaban los meses y la situación no cambiaba, hizo algunos cambios en la casa para poder disponer de un pequeño cuarto contiguo al del huésped para que en caso necesario pudiera alojar a un hijo o hija.
La hacía mucha ilusión que entrase algún pequeño en casa, a ella la gustaban mucho los niños y los suyos ya estaban bastante crecidos.

Pero la oportunidad no llegaba y la situación empezaba a ser complicada. Habían aguantado demasiado tiempo sin la renta que les aportaba el inquilino y ya no podían aguantar más.

Nunca había sido partidaria de los anuncios para buscar inquilino, no se fiaba. ¡ Hay que saber quien metes en casa !, hay mucha gente que a primera vista parece de fiar y luego te dan gato por liebre, la gustaba decir.  Por eso ella prefería a los “recomendados”, a personas con referencias.

Pero ya no había de esa clase, y la habitación seguía estando vacía.  Aunque se resistía a ello, sabía que podía ser la única solución, poner un anuncio en alguna página gratuita de internet.

Era una decisión arriesgada, una vez que empezasen a llegar ya solo quedaba fiarse de su instinto y elegir correctamente cuando se presentase la ocasión.

Estaba decidida, pondría ese anuncio: “Se busca inquilino para habitación en piso céntrico”.

domingo, 29 de enero de 2012

Tus ojos

Me enamoré de ti nada más verte, tus ojos me cautivaron...

El día era extremadamente caluroso y el viaje largo, se agradecía salir del autobús y estirar las piernas. Entramos todos en la jaima y nos acomodamos como pudimos.  Como es costumbre, todo el suelo estaba cubierto de alfombras.
Aunque la jaima era bastante espaciosa ,éramos un grupo muy numeroso y casi no teníamos espacio para todos. Yo me senté al fondo.  Como obligan las normas de hospitalidad en el mundo Árabe, esperamos a que nos sirvieran el te, ese te verde a la menta, caliente y con mucho azúcar.

Entonces te vi. Estabas en la entrada de la jaima, te diste cuenta que te miraba y te escondiste.  Tenías una sonrisa pícara. Por supuesto no esperabas que nadie llegara en ese momento. Mejor, estabas más natural, con el pelo rubio enmarañado, la chaqueta verde de lana entreabierta (nunca llegaré a entender como se puede soportar esa temperatura con tanta ropa), unos pantalones rosas.  Era una combinación extraña, como extraño era que  un occidental estuviera en tu jaima mirándote.

Entonces empezó el juego, te mostrabas y cuando intentaba acercarme me esquivabas. Después de varios intentos decidí cambiar de táctica, pasé a la indiferencia y dio resultado.  Unos minutos después bajaste la guardia, ya eras mía.  Lo había conseguido, ya tenía una foto tuya. Había aprovechado un descuido y desde el fondo de la jaima, sin necesidad de acercarme, utilizando el zoom de la cámara lo había logrado.

Unos días después, finalizado el viaje pude comprobar que aquel juego había merecido la pena. Es lo que tenían las cámaras de papel, que tenías que esperar para ver el resultado. Sin duda alguna era la mejor foto que había conseguido en mi vida.  Sigo enamorado de ella.




Esta fotografía está tomada en el mes de agosto del año 1996, en un lugar indeterminado entre Damasco y Palmira, en el desierto de Siria, más o menos a la altura del cruce de carreteras que lleva hasta Bagdad.  Fue un alto en el camino en el viaje hasta Palmira.  Nunca más volví a verla. 
Espero que la complicada situación que estáis viviendo en esas tierras los últimos años (o siglos, quien sabe) no te haya afectado mucho.

sábado, 28 de enero de 2012

Dudas

Tengo dudas, no se que decisión tomar.  Siempre el mismo dilema, sera la opción correcta o por el contrario sera un completo fracaso.

Es una constante en mi vida que se reproduce siempre que tengo que tomar decisiones sobre bases subjetivas. El problema no es tomar la decisión equivocada, es la preocupación por sus consecuencias.

La teoría del análisis de decisiones se basa en contraponer las diferentes opciones, el beneficio de cada una de ellas y la probabilidad de que ocurran.
Esto es sencillo en los juegos de azar, tu sabes cual es el premio si toca, y la pérdida si no toca, añades la probabilidad de acierto y aplicas la fórmula. Ya tienes valoradas cada una de las opciones.

Pero claro, esto se complica cuando empiezas a tener incógnitas en la ecuación, y esto se produce con demasiada frecuencia.  A que me refiero, me refiero a las ocasiones en las que es difícil determinar la probabilidad de que se den las diferentes alternativas, a las ocasiones en las que no es posible determinar el beneficio de cada una de las diferentes opciones, en las que es imposible cuantificar la pérdida.  O a una combinación de todas ellas.

Es aquí cuando llegan los problemas, las situaciones en las que la formulación no sirve para nada. O si sirve, pero para despejar incógnitas tienes que realizar suposiciones.  Por mucho que lo intentes llega un momento en que no hay base objetiva para la decisión.

El resultado es cruel, porque en las decisiones objetivas, si el resultado no es el esperado siempre podemos culpar a la teoría de probabilidad. Pero en las subjetivas, la subjetividad no termina con el resultado, es todo mucho más complejo. Si el resultado no es el esperado comienza la fase de análisis, la fase de valoración del problema. Y como todo es subjetivo empiezas a darte cuenta de los errores en la premisas de partida, errores que en su momento no lo eran pero con la información que tienes a posteriori dejan de ser subjetividades para ser realidades.

Llegados a este punto llega la autoflagelación, el martirio de saber que has tomado la decisión equivocada por un análisis incorrecto de la situación.  Ni que decir tiene que el problema se agravará en función de las consecuencias negativas que haya supuesto.

Como siempre hay diferentes grados de tormento en función del resultado de nuestra acción. Dejemos a un lado todos aquellos resultados que hayan supuesto decisiones calificadas como buenas, porque aunque luego reflexiones sobre ellas, no suponen una carga.
Los resultados neutros no deberían suponer un problema, salvo que hayan sido el resultado de un esfuerzo importante a la hora de tomar la decisión. En ese caso llegará la frustración por no haber conseguido ningún resultado positivo (por supuesto en estos casos no se tendrán en cuenta las diferentes posibilidades de que hubiera salido mal).

Como no podía ser de otra forma, las situaciones en los que los resultados se pueden considerar como negativos, aquellos en las que la situación final es peor que la inicial te martirizan. Empiezas por maldecir la decisión tomada, por culparte del resultado (al fin y al cabo es el resultado de una decisión y una acción posterior) y terminas por el análisis pormenorizado de la decisión.  Y aquí empiezas a encontrar errores, errores de fácil detección si hubieras contado con la información que ahora dispones pero no la tenías.
En esos momentos te encierras en ti mismo, evitas cualquier decisión que debas tomar, y te dedicas a volver nuevamente sobre tus pensamientos para desmenuzar cada uno de los puntos para evitar el problema en el futuro.

Pero claro, el futuro no nos devuelve al pasado, y las decisiones erradas en ocasiones suponen pérdidas definitivas.

Cuando llevas toda tu vida en la misma dinámica cada decisión subjetiva se convierte en un suplicio, hasta el punto que si alguno de los resultados posibles (no importa la probabilidad de que ocurra) es claramente negativo, prefieres tomar la decisión de no hacer nada y sentarte a esperar a ver si el resultado llega sin actuar.

¡ Como si esta fuera la solución !.  Muy al contrario, si por no hacer se da una situación negativa vuelves a martirizarte por no haber hecho nada, porque en este caso es cuando das la vuelta a la tortilla y analizas las variables que daban un resultado positivo y te tortura ver que no las diste valor.

Tengo dudas, no se que decisión tomar. No se si actuar o sentarme a esperar. No hay termino medio, si actúo y sale bien sera increíble, pero cualquier otro resultado me supondrá una perdida que no estoy dispuesto a asumir (al menos en estos momentos).

Creo que me sentaré a esperar.  Hoy en día no estoy dispuesto a perder nada más.

jueves, 26 de enero de 2012

Vuelta a las andadas

Pues sí amigos, he vuelto a las andadas, vuelvo a los viajes de placer en solitario.  Dentro de diez días me marcho a esquiar.  Las circunstancias han cambiado mucho desde aquel primer viaje hace casi diecinueve años.

Todavía recuerdo aquel mes de Julio del 1993, apenas quince días antes de mis vacaciones, trabajando fuera de mi ciudad y sin plan donde ir.  Pero allí estaba mi compañero para ayudarme, la verdad es que me ayudó en eso y en muchas cosas más.  Sí, el fue el que me dijo que existían agencias de viajes donde podías viajar solo y compartías habitación.  El lo llamaba “muerejoven” (gracias Ulises por todo). 

Así que allí que me fui todo decidido, pidiendo un viaje a Nueva York, Israel o Marruecos.  Primer problema, no tenía pasaporte. Afortunadamente en una ciudad pequeña la gestión era casi inmediata. Al día siguiente vuelta a la agencia con el pasaporte y las mismas ganas de viajar. 
A esas alturas lo único que quedaba era un viaje por Marruecos en autobús desde Madrid, “Ciudades Imperiales”.  Dicho y hecho, ya tenía el billete para mi primer viaje completamente solo.

La experiencia fue estupenda, desde el primer instante me sentí rodeado de amigos.  Gente muy joven y con ganas de divertirse. No se me olvidará la fiesta que organizamos la última noche en el hotel de Chauen, acabamos con todas las botellas que nos quedaban.
Hubo un par de personas que hicieron que aquel viaje fuera genial. Loli, una bellísima persona, Heavy de Canillejas y gran bebedora de cervezas. Una lástima que perdiera el contacto con ella.  La otra fue Marí Paz, una Cordobesa de 1,75 con la que pase un final de viaje bastante entretenido. La distancia tampoco ayudo a mantener el contacto.

Después de aquel viaje vinieron unos cuantos más, París, Cartagena de Indias, París-Paises Bajos, Cerler, Alpes-Tirol, el sur de Marruecos y Siria-Jordania-Isarel.  Fue mi último viaje solo, allá por el verano del 96.

Luego llegaron unos cuantos más con el mismo tipo de agencia pero ya en compañía, París-Paises Bajos-Valle del Rhin, Tunez, Thailandia y Senegal.  Ese fue el triste final de las agencias baratas para jóvenes (la agencia quebró estando nosotros de viaje).

De aquellos viajes guardo experiencias maravillosas, unos miles de fotos en papel, muchísimos recuerdos en mi cabeza y unos cuantos souvenir repartidos por la casa.

También conseguí conocer gente increíble. Con una en especial sigo manteniendo el contacto y una amistad sincera. En este caso la distancia no ha conseguido separarnos definitivamente. Ella sabe que aunque nos veamos poco nos llevamos en un rinconcito del corazón (Irene, desde aquí te envío un beso). 
Con el resto nos fuimos distanciando, en casi todos los casos por mi dejadez al mantener las relaciones.  Aunque en aquellos años en los que seguimos manteniendo contacto volvimos a juntarnos unas cuantas veces, sobre todo con la gente que conocí en el segundo viaje a Marruecos. Nos vimos en Barcelona, en Vitoria, en Madrid,...  Incluso de aquellos encuentros surgió una relación y una niña. Lastima el trágico final que tuvo aquella pareja (Lourdes, nunca te olvidaré).

Y ahora vuelvo a las andadas, vuelto a mis escapadas en solitario. Las motivaciones no han cambiado mucho desde entonces, pasar unos días agradables, divertirme y si es posible conocer gente.  Además añadimos en este el reencontrarme con el esquí, deporte que tengo olvidado desde hace unos cuantos años.

Esperemos que salga tan bien como en las ocasiones anteriores.  Ya os contaré.

lunes, 23 de enero de 2012

Ruido

Hoy he vuelto a escucharlo, el sonido más desagradable que ha llegado a mis oídos.  Más que sonido es ruido.  No es estridente, es un ruido seco, corto, pero que se introduce a través de los oídos pasa por los tímpanos y comienza a martillear en la cabeza.

Afortunadamente no es un sonido que se escuche con frecuencia, no podría resistirlo y enloquecería.

Todo el que lo haya escuchado habrá sentido la misma sensación. Es un ruido que no se olvida, que nadie quiere recordar pero que una vez que se introduce en nuestros cerebros se queda para siempre.

Es un ruido que provoca dolor, un dolor intenso, difícil de describir, contagioso.

Esta mañana he vuelto a escuchar el ruido de las primeras paladas de tierra cayendo encima del ataúd.  El dolor de perder a un ser querido es grande, pero escuchar ese ruido lo hace desgarrador, rompe el silencio de una manera salvaje, martilleando los sentimientos.

Nunca he sido partidario de la inhumación, siempre he preferido la incineración.  Creo que empiezo  a comprender mis motivaciones internas para pensar de esta forma.

domingo, 22 de enero de 2012

Sensaciones extrañas

Hoy ha sido un día extraño, un día de esos que según abres los ojos sabes que no será el mejor Domingo de tu vida.

Las sensaciones no eran buenas, quizás por haber dormido poco, al fin y al cabo eran las ocho de la mañana y había dormido menos de cinco horas.
Me habría venido bien salir a correr, pero el tobillo se había resentido después de los siete kilómetros de ayer por la mañana.

Una ducha con agua bien caliente y un café con leche, no tenía cuerpo para nada más. Arreglo la habitación y me visto, creo que ya es buena hora para marcharme para el hospital.

El teléfono no tardó en sonar, y con el la confirmación de mis malas sensaciones. Mi abuela había fallecido de madrugada, ya estaba en el lugar que ansiaba desde hace ahora 12 años.

La sala del tanatorio no estaría lista hasta las doce, por lo que tenía algo de tiempo para preparar la ropa del colegio para mañana y apañar medianamente un tema del trabajo que pensaba terminar el domingo por la tarde.

La casa estaba en silencio, ha sido casual, no forzado, no sabría decir porqué hoy no había puesto la radio.  A las once me marché, prefería dar un paseo por el parque de San Isidro que seguir metido en casa.

El trayecto ha sido muy corto, no más de cinco minutos en coche.  Como ya sabía todavía no estaba la sala preparada, ni tan siquiera aparecía su nombre por lo que empecé a caminar por el parque.  En seguida estaba de regreso y esta vez decidí acercarme hasta su sala. La sensación fue bastante extraña, en la línea como venía siendo el resto del día, estaban abandonando la sala los acompañantes del difunto anterior. Debe ser algo normal en estas situaciones, pero en ese momento me sentí con una sensación de estar buscando aparcamiento y ver que alguien se dirige a su coche y te quedas parado en doble fila esperando que se vaya.

Volví a salir a la calle a que me diera un poco el aire. El día era espectacular, con un cielo limpio y un sol radiante que ya empezaba a caldear el ambiente.  Frente al tanatorio existe un jardín de palmeras. Me resultó bastante peculiar y decidí leer los carteles explicativos de cada una de ellas.  Me ha sorprendido comprobar como puede haber palmeras que resistan hasta 20 grados bajo cero.

Mis pensamientos estaban bastante lejos de ese jardín, pero no sabría decir muy bien donde estaban.
Al menos no me ha quedado la sensación de hace doce años cuando falleció mi abuelo, una sensación de no haberme despedido de él en persona cuando podía haberlo hecho, simplemente por una cuestión de cabezonería. Nunca le olvidaré saludando desde el parque a una ventana a la que nadie se asomó.

A esas horas ya tenía decidido que no avisaría a nadie. Hay momentos en los que te reconforta tener a tus seres queridos acompañándote, pero hoy no era uno de ellos, creo que habría sido contraproducente.

Ya estaba todo preparado, la sala ella y la familia.  Unos momentos de recogimiento, de intimidad y empieza el desfile.

Necesitaba algo que cambiara la monotonía, pero salvo un correo con un nuevo comentario en mi blog que me reconfortó, nada de nada.

Por la tarde hubo un momento extraño, uno más. Eramos pocas personas en la sala y la conversación empezó a tocar temas delicados, la muerte de personas en plena madurez tras largas y penosas enfermedades.  Yo lo estaba escuchando con frialdad, no era la conversación que espera escuchar, pero no me causaba demasiados problemas.  Mi hermana me ofreció el periódico, o que saliera a dar una vuelta, pero no fue necesario.  Al igual que las fracturas óseas que después de curadas siguen molestando con el cambio de tiempo, en los temas sentimentales el tiempo los cura pero en determinadas circunstancias siguen haciéndose notar.

La tarde avanzaba y con ella la romería de personas, pero yo seguía con esa extraña sensación.

Era hora de recoger a mi hijo, la verdad es que no sabía muy bien cual sería su reacción al verme.  Todo fue normal.  De regreso a casa cena y llamada de teléfono a mi mejor amigo.  Como no podía ser de otra forma se ha molestado mucho por haberle avisado.  Espero que lo entienda, hay momentos en los que las personas nos encontramos más a gusto en soledad, con nuestros pensamientos. O a lo mejor no, estaríamos mejor acompañados pero no nos atrevemos a descolgar el teléfono para pedir la ayuda que necesitamos.  No es tiempo de duda, lo hecho hecho está.

Y aquí estoy, escribiendo sobre un día con sensaciones extrañas, un día en el que he perdido a mi abuela y madrina pero por lo cual no estoy triste, porque tengo el convencimiento que al fin ha logrado lo que deseaba.

jueves, 19 de enero de 2012

El banco del Retiro

La tarde era fría, como corresponde al mes de enero en Madrid.  El viento de la sierra tampoco acompañaba a que la sensación fuera mejor.  Al menos de momento no llovía, pensó mientras se acomodaba en “su banco” del Retiro, el mismo banco en el que desde hace unas semanas (había perdido la cuenta de cuantas) se sentaba para ver las casas al otro lado del Paseo de Alfonso XII.

Aunque sentarse allí no era de lo más reconfortante al menos le permitía rememorar otros tiempos, aquellos en los que era un empresario de éxito de la construcción y tenía uno de los áticos junto al Museo del Prado, justo encima del Jardín Botánico.

Fueron buenos tiempos, todo iba viento en popa, las Promociones surgían por doquier, tenía una mujer espectacular, varios coches de alta gama, en definitiva, una vida de lujo.

No sabría decir muy bien como empezó todo, aunque el sigue pensando que fue en aquella visita a Sevilla, cuando en los alrededores de la Giralda una gitana les ofreció una rama de romero.  Salía de una cena con su mujer y unos amigos, con el estado de excitación propio de esos momentos de excesos en la comida y la bebida. No recuerda por qué ocurrió, lo que si sabe es que la gitana empezó a proferir juramentos y maldiciones, de esas que solo conocen ellas.

Lo cierto es que días después empezaron los problemas.  Primero fue la paralización de unas obras por unos problemas en las licencias, parece ser que el nuevo Responsable de la Sección en el ayuntamiento no se avenía a “razones”. Luego la maldita huelga de la construcción, los retrasos en la entrega de los materiales como consecuencia del boom inmobiliario,...

Esta sucesión de problemas le acabó pasando factura en todos los ámbitos.  En lo profesional empezaron los primeros retrasos en los pagos, con problemas de financiación.  Para poder salir adelante empezó a hipotecar lo que tenía, y por supuesto empezó a recortar gastos.  Y aquí vinieron los problemas en lo personal, llegaron las primeras discusiones. Parece que el solo era el que entendía la situación que estaban pasando.

Con todo ese cóctel la situación se complicaba por momentos, hasta que en el mismo día llegó el primer embargo y la notificación del abogado de la solicitud de divorcio por parte de su mujer.

En ese momento la bola de nieve empezó a rodar y ya fue imparable. Su mujer estaba embarazada y consiguió quedarse con lo único que le quedaba por hipotecar, el ático de Alfonso XII. Además la sentencia le obligaba a pasarla mensualmente una cantidad de dinero desorbitada para su situación actual.  Finalmente, como no pudo seguir manteniendo la pensión, su mujer decidió vender el ático.

De repente se encontró durmiendo en la oficina, en un colchón detrás de unos armarios.  Ya casi nadie entraba por lo que no tenía mucho problema.  Fue una solución temporal ya que la ejecución de los embargos pendientes le dejo literalmente en la calle, sin dinero, sin trabajo, sin familia...

Pero le quedaban sus ganas de vivir.  Gracias a ellas intento conseguir trabajo, pero con el paso de las jornadas la situación era más complicada. Además su aspecto cada día era más lamentable, consecuencia de la falta de higiene (sin dinero solo podía recurrir a las escasas fuentes públicas porque en los Centro Comerciales ya le prohibían la entrada).

Y así es como había llegado a “su banco” del Retiro.

La fría tarde había dado paso a una noche heladora, se acurrucó entre los cartones que llevaba consigo esperando que esta noche no pasasen los Policías Municipales para llevarle al albergue de San Isidro como la noche anterior. Podría encontrarse en la calle, pero todavía conservaba algo de su orgullo y verse rodeado de “aquella gente” le provocaba nauseas.

Finalmente pudo conciliar el sueño. Paradojas de la vida, un Banco se quedo con todos sus bienes y un banco se quedo con su vida.



A la mañana siguiente no era más que una noticia breve en las noticias locales: “la intensa nevada de esta noche en Madrid se cobra la vida de un indigente en el  Parque del Retiro”.