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sábado, 28 de abril de 2012

Una MUJER con mayúsculas


Hoy es un día triste, hoy nos ha dejado para siempre una MUJER con mayúsculas. Esta mañana fallecía mi abuela política a los 98 años menos 8 días.

Nadie que la conociera puede poner en duda su calidad humana, sus ganas de vivir, su espíritu a prueba de bombas, su vitalidad. Pocas personas he conocido que dejasen tanta huella como ella, de hecho creo que solo la recuerdo a ella y a una tía de mi padre, la Tía Lola (que Dios la conserve con nosotros muchos años).

Fue una mujer con coraje, que no tuvo una vida fácil. Todo el que nació antes de la guerra sabe lo que es pasar dificultades, y ella lo sufrió. Pero no se quedo ahí, siendo muy joven se quedo viuda y con dos hijas. En nuestros tiempos, una mujer sola con dos hijas es algo casi normal, pero en aquellos años no lo era. Sin ayuda fue capaz de sacar adelante a sus hijas. Y lo consiguió.

Pero la vida es muy complicada y cuando parece que te está dejando vivir, simplemente es que te ha dado un respiro. Y eso es lo que la ocurrió a ella, cuando parecía que todo estaba bien, con sus hijas casadas y con dos nietas, volvieron los problemas. Llego la separación de una de ellas, algo muy normal hoy en día, pero muy extraño en los años 70. Tampoco le fueron mucho mejor las cosas a la otra hija, con unas circunstancias diferentes, pero con el mismo resultado.

Fueron unos años difíciles, con dos nietas muy jóvenes que sacar adelante y con muchos problemas añadidos que no es necesario recordar.

Pero ella continuó firme en sus convicciones de seguir viviendo y buscar la parte positiva de las cosas.

Tuvo que convivir con circunstancias muy extrañas, de esas que las cuentas y la gente piensa que son inventadas. Pero no, eran totalmente reales y ella las asumió, no le gustaban, pero las aceptaba. Esa era su grandeza.

Luego vinieron momentos buenos, llegaron los bisnietos y la trajeron muchas más ganas de vivir. Nunca olvidaré cuando al nacer su primer bisnieto, con 89 años, dijo tenía la ilusión de verle hacer la Comunión.

Y que jodida es la vida, durante estos nueve años ha superado una fractura en la mano en un accidente de tráfico, una pulmonía, una fractura de cadera, su hija varios meses en el hospital, la pérdida de su nieta, de su yerno, y cuando le faltaban 16 días para llegar a su ilusión, su corazón ha dicho no puedo más.

Cuando esta mañana han ido a buscar al médico para que certificara el fallecimiento y ha buscado su historial ha dicho: “es que casi no tenemos nada de ella”. Y es la realidad, ha vivido hasta el último día con una salud de hierro, sin tener que tomar pastillas, sin necesidad de visitar al médico, leyendo su periódico, bajando a la peluquería o a echar la primitiva, cocinando o viendo la televisión, con su bote de cerveza de Mahou de las verdes (la cinco estrellas solo la compraba para mí) que tomaba a medias entre la comida y la cena. Y en ocasiones, un chupito.

Uno de los momentos que recuerdo con más cariño fue una noche hace tres años en Alicante, estaba su hija en el hospital y ella se pasaba casi todo el día sola en casa. Fuimos a pasar un par de días allí para hacerla compañía. En el frigorífico había una botella de crema de aguardiente y decidimos tomarnos una copa después de cenar. Ese día ella nos dijo que no quería, preparé dos copas las pude un poco de hielo y ella empezó a sonreír, abrí la botella y me dispuse a llenar la primera copa. No salía nada y pensé que del azúcar se había quedado pegado el tapón. Su sonrisa empezaba a ser carcajada. Hasta que nos dimos cuenta que la botella estaba vacía. Por eso nos dijo que no quería. Así era ella.

Hoy nos ha dejado su cuerpo, su espíritu seguirá con nosotros eternamente. Descanse en paz una excelente persona.


jueves, 26 de abril de 2012

El paso del tiempo


¡ Cuanto ha cambiado la vida en las últimas décadas !, ¡ que difícil resulta imaginar como era la vida hace 50 años !.

Aunque ahora nos resulte difícil de creer, hasta los años 60 en Madrid existían faroles de gas. Y con ellos los faroleros. Si, faroleros, mi abuelo fue uno de los últimos, justo unos años antes de la desaparición total de la profesión, con la electrificación total de la ciudad.

Era un oficio duro, de los que antes eran habituales y que ahora no concebimos. Cada tarde, antes del ocaso tenía que recorrer las calles que tenían asignadas para iluminar la ciudad. Uno a uno tenían que ir revisándolos, limpiándolos cuando fuera necesario y cada día abrir la espita con la llave para a continuación, con el chuzo encender la llama.

Así uno tras otro, sin pausa, que la noche caía deprisa y las calles se quedaban a oscuras. En esos tiempos no existía el tráfico de hoy en día, ni tantos luminosos por las calles por lo que la labor de los faroleros era fundamental.

Pero su trabajo no quedaba en eso. Cada mañana, antes del amanecer, debían pasar revista en la central para a continuación volver a realizar la ronda apagando uno por uno los mismos faroles que la tarde anterior habían encendido.

Se les podía ver por las calles con su guardapolvos azul y el chusco en la mano.

Cada Navidad, como mandaba la tradición iban de casa en casa repartiendo felicitaciones de Navidad para conseguir unas pocas monedas, ese aguinaldo que hiciera un poco más fácil las fiestas.
Eran los tiempos en los que todavía existían los serenos, vigilantes de la noche y ángeles de la guardia del vecindario. Conocían todos los movimientos de los vecinos, las costumbres y sus horarios. Siempre estaban prestos para abrir la puerta incluso antes de llamarles. Claro que en aquella época el medio de locomoción principal en la noche era caminar, y eso les facilitaba mucho la labor.


 



Son oficios que solo quedan en el recuerdo, en algunos textos y cada vez en menos memorias. A los faroleros no llegue a verlos en acción, a los serenos sí aunque todavía era un niño. Pero también conocí los trolebuses, las vaquerías en el centro de la ciudad, el Matadero de Legazpi, el Mercado Central de Pescados en la Puerta de Toledo (que olores despedía)...

Pensándolo bien, no estaría mal escribir sobre todos esos recuerdos de la niñez que desgraciadamente para las nuevas generaciones solo podrán tener mediante los libros.