¡ Cuanto ha
cambiado la vida en las últimas décadas !, ¡ que difícil resulta
imaginar como era la vida hace 50 años !.
Aunque ahora nos
resulte difícil de creer, hasta los años 60 en Madrid existían
faroles de gas. Y con ellos los faroleros. Si, faroleros, mi abuelo
fue uno de los últimos, justo unos años antes de la desaparición
total de la profesión, con la electrificación total de la ciudad.
Era un oficio
duro, de los que antes eran habituales y que ahora no concebimos.
Cada tarde, antes del ocaso tenía que recorrer las calles que tenían
asignadas para iluminar la ciudad. Uno a uno tenían que ir
revisándolos, limpiándolos cuando fuera necesario y cada día abrir
la espita con la llave para a continuación, con el chuzo encender la
llama.
Así uno tras
otro, sin pausa, que la noche caía deprisa y las calles se quedaban
a oscuras. En esos tiempos no existía el tráfico de hoy en día,
ni tantos luminosos por las calles por lo que la labor de los
faroleros era fundamental.
Pero su trabajo
no quedaba en eso. Cada mañana, antes del amanecer, debían pasar
revista en la central para a continuación volver a realizar la ronda
apagando uno por uno los mismos faroles que la tarde anterior habían
encendido.
Se les podía ver
por las calles con su guardapolvos azul y el chusco en la mano.
Cada Navidad,
como mandaba la tradición iban de casa en casa repartiendo
felicitaciones de Navidad para conseguir unas pocas monedas, ese
aguinaldo que hiciera un poco más fácil las fiestas.
Eran los tiempos
en los que todavía existían los serenos, vigilantes de la noche y
ángeles de la guardia del vecindario. Conocían todos los
movimientos de los vecinos, las costumbres y sus horarios. Siempre
estaban prestos para abrir la puerta incluso antes de llamarles.
Claro que en aquella época el medio de locomoción principal en la
noche era caminar, y eso les facilitaba mucho la labor.
Son oficios que
solo quedan en el recuerdo, en algunos textos y cada vez en menos
memorias. A los faroleros no llegue a verlos en acción, a los
serenos sí aunque todavía era un niño. Pero también conocí los
trolebuses, las vaquerías en el centro de la ciudad, el Matadero de
Legazpi, el Mercado Central de Pescados en la Puerta de Toledo (que
olores despedía)...
Pensándolo bien,
no estaría mal escribir sobre todos esos recuerdos de la niñez que
desgraciadamente para las nuevas generaciones solo podrán tener
mediante los libros.
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