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jueves, 26 de abril de 2012

El paso del tiempo


¡ Cuanto ha cambiado la vida en las últimas décadas !, ¡ que difícil resulta imaginar como era la vida hace 50 años !.

Aunque ahora nos resulte difícil de creer, hasta los años 60 en Madrid existían faroles de gas. Y con ellos los faroleros. Si, faroleros, mi abuelo fue uno de los últimos, justo unos años antes de la desaparición total de la profesión, con la electrificación total de la ciudad.

Era un oficio duro, de los que antes eran habituales y que ahora no concebimos. Cada tarde, antes del ocaso tenía que recorrer las calles que tenían asignadas para iluminar la ciudad. Uno a uno tenían que ir revisándolos, limpiándolos cuando fuera necesario y cada día abrir la espita con la llave para a continuación, con el chuzo encender la llama.

Así uno tras otro, sin pausa, que la noche caía deprisa y las calles se quedaban a oscuras. En esos tiempos no existía el tráfico de hoy en día, ni tantos luminosos por las calles por lo que la labor de los faroleros era fundamental.

Pero su trabajo no quedaba en eso. Cada mañana, antes del amanecer, debían pasar revista en la central para a continuación volver a realizar la ronda apagando uno por uno los mismos faroles que la tarde anterior habían encendido.

Se les podía ver por las calles con su guardapolvos azul y el chusco en la mano.

Cada Navidad, como mandaba la tradición iban de casa en casa repartiendo felicitaciones de Navidad para conseguir unas pocas monedas, ese aguinaldo que hiciera un poco más fácil las fiestas.
Eran los tiempos en los que todavía existían los serenos, vigilantes de la noche y ángeles de la guardia del vecindario. Conocían todos los movimientos de los vecinos, las costumbres y sus horarios. Siempre estaban prestos para abrir la puerta incluso antes de llamarles. Claro que en aquella época el medio de locomoción principal en la noche era caminar, y eso les facilitaba mucho la labor.


 



Son oficios que solo quedan en el recuerdo, en algunos textos y cada vez en menos memorias. A los faroleros no llegue a verlos en acción, a los serenos sí aunque todavía era un niño. Pero también conocí los trolebuses, las vaquerías en el centro de la ciudad, el Matadero de Legazpi, el Mercado Central de Pescados en la Puerta de Toledo (que olores despedía)...

Pensándolo bien, no estaría mal escribir sobre todos esos recuerdos de la niñez que desgraciadamente para las nuevas generaciones solo podrán tener mediante los libros.



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