Hace dos años y medio comencé a
correr, lo necesitaba. Hasta ese momento siempre había recurrido a
la comida para matar la ansiedad. Pero claro, ni los años ni las
circunstancias eran las mismas y esos excesos se acumulaban en el
cuerpo.
No había otra alternativa, no podía
ser yo el flanco débil del triángulo de defensa. No podía dejarme
arrastrar por el entorno.
Fue un comienzo difícil, era el mes de
agosto, el calor apretaba y el cuerpo no respondía. Pero poco a poco
conseguí los primeros resultados. Puede sonar a broma, pero cambiar
la bolsa de patatas fritas y similares por una bolsa de zanahorias
como único acompañante de un viaje de 450 kilómetros es un cambio
salvaje. Pero solo se podía hacer así, sin medias tintas.
Semana a semana los resultados eran
evidentes, la báscula me llenaba de moral, ya no fatigaba al atarme
los zapatos, y lo que era más importante, mi autoestima iba en
aumento.
Físicamente me encontraba cada día
mejor. Si hoy he llegado hasta San Pol de Mar, ¿ porqué no llego
mañana un poco más lejos ?.
A mayor distancia recorrida mayores
eran los beneficios, más liberada estaba la mente y más relajado el
cuerpo.
A medida que la situación se
deterioraba, las necesidades de correr eran mayores. Lo necesitaba,
tanto el aumento de distancia como el tiempo que le dedicaba, era mi
tiempo.
En los últimos días llegué a salir a
correr sin dormir, después de pasar una noche en una silla del
Hospital.
Todo había terminado, bueno todo no,
yo seguía corriendo, me estaba preparando para la Media y tenía que
hacerlo. No puedo decir que la disfruté, al menos ese día. Con
problemas físicos en los últimos kilómetros solo el amor propio (y
el recuerdo) me hizo terminar.
Sin un objetivo claro a corto plazo y
con la llegada del calor, bajé el ritmo.
No sabría decir bien cuando fue, pero
lo cierto es que cada vez salía menos a correr, y lo más
sorprendente es que tampoco lo echaba de menos. Me sentía bien, y
no era flor de un día, pasaban las semanas como si nada.
Luego vino el periodo de baja y aunque
ansiaba poder salir, era más fruto de la frustración por no poder
moverme que por la propia necesidad física o mental de correr.
De repente algo cambió, algo pasó por
mi cabeza que me impulso por una parte a escribir y por otra a
correr. En realidad pasaron muchas cosas por mi cabeza en muy poco
tiempo.
No sabría si fue culpa de mi mal
estado físico que me impedía llegar al nivel anterior y por lo
tanto, no podía encontrar corriendo lo que anteriormente había
conseguido, o que realmente había encontrado un sustituto a esa
droga legal. Lo cierto es que empecé a escribir, y como toda
actividad nueva, lo hice con ansia.
Tengo que decir que ha sido una
actividad que me ha venido muy bien, me ha permitido gritar en
silencio, liberar la mente aunque no pudiera hacer lo mismo con el
cuerpo, expresarme de una forma que nunca antes había utilizado.
Ambas actividades han realizado una
labor eficaz y complementaria.
La primera me ha servido para
recomponer mi interior, volver a colocar en los estantes mentales
todo lo que había caído con el terremoto emocional que sufrí, y lo
que es más importante, colocarlo todo alejado de los bordes de los
estantes para evitar que cualquier pequeño movimiento los hiciera
caer nuevamente (no hay que tentar a la suerte, si no se rompió a la
primera no le des opción a la segunda que seguro que si que lo
hace).
La escritura, una vez ordenados los
estantes interiores, me ha permitido sacar al exterior parte de las
cosas que descubrí en los estantes (que nadie piense que lo he
sacado todo), me ha permitido decir cosas obvias y no tan obvias,
transmitir lo que de otra forma nunca habría transmitido.
Creo que ha sido un orden lógico,
hacerlo al revés no lo considero un ejercicio sano. El que se
dedica al exterior antes que al interior tiene muchas papeletas para
el fracaso personal.
Vistos los evidentes beneficios que
ambas actividades me han reportado, no tengo intención de dejarlas,
he descubierto muchas razones para seguir haciéndolas. Ahora estoy
escribiendo, pero necesito correr. No es una necesidad como la que
tuve en el pasado, pero no puedo dejarlo, no me encuentro mal
mentalmente, pero necesito sentir el frío de la mañana en la cara,
descargar adrenalina y reconducir nuevamente mis pensamientos. Por
mucho cuidado que tuve al colocar mis pensamientos en los estantes
algunos se han caído nuevamente. Nada grave, no se han roto, pero
hay que volver a ponerlos en su sitio.
A ver si amaina un poco este puñetero
frío y vuelvo a la buena costumbre de madrugar para hacer
kilómetros.