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miércoles, 22 de febrero de 2012

Válvulas de escape


Hace dos años y medio comencé a correr, lo necesitaba. Hasta ese momento siempre había recurrido a la comida para matar la ansiedad. Pero claro, ni los años ni las circunstancias eran las mismas y esos excesos se acumulaban en el cuerpo.

No había otra alternativa, no podía ser yo el flanco débil del triángulo de defensa. No podía dejarme arrastrar por el entorno.

Fue un comienzo difícil, era el mes de agosto, el calor apretaba y el cuerpo no respondía. Pero poco a poco conseguí los primeros resultados. Puede sonar a broma, pero cambiar la bolsa de patatas fritas y similares por una bolsa de zanahorias como único acompañante de un viaje de 450 kilómetros es un cambio salvaje. Pero solo se podía hacer así, sin medias tintas.

Semana a semana los resultados eran evidentes, la báscula me llenaba de moral, ya no fatigaba al atarme los zapatos, y lo que era más importante, mi autoestima iba en aumento.
Físicamente me encontraba cada día mejor. Si hoy he llegado hasta San Pol de Mar, ¿ porqué no llego mañana un poco más lejos ?.

A mayor distancia recorrida mayores eran los beneficios, más liberada estaba la mente y más relajado el cuerpo.

A medida que la situación se deterioraba, las necesidades de correr eran mayores. Lo necesitaba, tanto el aumento de distancia como el tiempo que le dedicaba, era mi tiempo.
En los últimos días llegué a salir a correr sin dormir, después de pasar una noche en una silla del Hospital.

Todo había terminado, bueno todo no, yo seguía corriendo, me estaba preparando para la Media y tenía que hacerlo. No puedo decir que la disfruté, al menos ese día. Con problemas físicos en los últimos kilómetros solo el amor propio (y el recuerdo) me hizo terminar.

Sin un objetivo claro a corto plazo y con la llegada del calor, bajé el ritmo.

No sabría decir bien cuando fue, pero lo cierto es que cada vez salía menos a correr, y lo más sorprendente es que tampoco lo echaba de menos. Me sentía bien, y no era flor de un día, pasaban las semanas como si nada.

Luego vino el periodo de baja y aunque ansiaba poder salir, era más fruto de la frustración por no poder moverme que por la propia necesidad física o mental de correr.

De repente algo cambió, algo pasó por mi cabeza que me impulso por una parte a escribir y por otra a correr. En realidad pasaron muchas cosas por mi cabeza en muy poco tiempo.

No sabría si fue culpa de mi mal estado físico que me impedía llegar al nivel anterior y por lo tanto, no podía encontrar corriendo lo que anteriormente había conseguido, o que realmente había encontrado un sustituto a esa droga legal. Lo cierto es que empecé a escribir, y como toda actividad nueva, lo hice con ansia.

Tengo que decir que ha sido una actividad que me ha venido muy bien, me ha permitido gritar en silencio, liberar la mente aunque no pudiera hacer lo mismo con el cuerpo, expresarme de una forma que nunca antes había utilizado.

Ambas actividades han realizado una labor eficaz y complementaria.
La primera me ha servido para recomponer mi interior, volver a colocar en los estantes mentales todo lo que había caído con el terremoto emocional que sufrí, y lo que es más importante, colocarlo todo alejado de los bordes de los estantes para evitar que cualquier pequeño movimiento los hiciera caer nuevamente (no hay que tentar a la suerte, si no se rompió a la primera no le des opción a la segunda que seguro que si que lo hace).
La escritura, una vez ordenados los estantes interiores, me ha permitido sacar al exterior parte de las cosas que descubrí en los estantes (que nadie piense que lo he sacado todo), me ha permitido decir cosas obvias y no tan obvias, transmitir lo que de otra forma nunca habría transmitido.

Creo que ha sido un orden lógico, hacerlo al revés no lo considero un ejercicio sano. El que se dedica al exterior antes que al interior tiene muchas papeletas para el fracaso personal.

Vistos los evidentes beneficios que ambas actividades me han reportado, no tengo intención de dejarlas, he descubierto muchas razones para seguir haciéndolas. Ahora estoy escribiendo, pero necesito correr. No es una necesidad como la que tuve en el pasado, pero no puedo dejarlo, no me encuentro mal mentalmente, pero necesito sentir el frío de la mañana en la cara, descargar adrenalina y reconducir nuevamente mis pensamientos. Por mucho cuidado que tuve al colocar mis pensamientos en los estantes algunos se han caído nuevamente. Nada grave, no se han roto, pero hay que volver a ponerlos en su sitio.

A ver si amaina un poco este puñetero frío y vuelvo a la buena costumbre de madrugar para hacer kilómetros.


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