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sábado, 21 de abril de 2012

La espera


Era una tarde cualquiera, de un día cualquiera, de un año cualquiera. Se acercó hasta la ventana para ver la calle, estaba lloviendo a mares. ¿ O acaso es que los cristales estaban empañados ?, o peor aun, ¿ era en sus ojos donde llovía ?.

Tenía la cabeza embotada, no era capaz de pensar nada coherente. La espera le estaba matando. Esperando ¿ qué ?. Tampoco estaba seguro. O acaso eran las drogas las que le estaban destrozando. Debía ser otra cosa, porque nunca había caído tan bajo como para eso. O si, depende de la clasificación de las drogas. Si hablamos de las ilegales, indudablemente no, pero de las legales... O más concretamente de las que nadie considera como drogas pero realmente los son, esas que te enganchan sin remedio, que las necesitas y no puedes vivir sin ellas, esas que no se inhalan, ni se inyectan, ni se fuman ni se beben.
Son las peores, no existe tratamiento ni remedio. Una vez que las pruebas las necesitas, es algo que se te mete entre ceja y ceja y no te deja vivir, te embota la cabeza.

Definitivamente debían ser esas drogas.

No, no podía ser, seguía convencido que lo que le estaba matando era la espera. Lo triste es que no sabía que esperaba. ¿ Acaso una señal ?, pero como identificar una señal si no tienes ni la más remota idea de como llegara. ¿ O será un correo ?, ¿ una llamada de teléfono ?, ¿ acaso un SMS ?, o simplemente el timbre de la puerta.

La habitación comenzó a poblarse de seres. Aparecieron por todas partes, por la puerta, por la ventana, atravesando las paredes. En un instante lo llenaron todo. Eran los fantasmas de los miedos, de las dudas, de las indecisiones... Todos juntos, fiesta de fantasmas.

Entonces comenzaron los temblores, el pánico, la inseguridad. La reacción innata no tardo en aparecer, buscar una esquina con la que protegerse la espalda, acurrucarse en un rincón en posición fetal, buscando ese amparo que nunca llega.

Era gracioso, intentar protegerse con una pared de unos fantasmas que acababan de atravesarla. Se hizo el silencio. No estaba seguro del tiempo que duró, le pareció una eternidad. Poco a poco consiguió controlar los temblores, lentamente fue levantando la cabeza, con miedo. Los vio claramente, estaban allí, todos juntos, desafiándole con la mirada.

- Marcharos, no os he llamado.
- Te equivocas, si nos has llamado y hemos venido para quedarnos.
- Imposible, yo no os quiero, ni he pensado en vosotros, marcharos. Os lo ordeno.
- Sigues equivocado, si nos has llamado. Y lo que es más importante, no podemos marcharnos. Somos parte de ti, hemos crecido juntos, vivimos juntos y moriremos contigo.
- No y mil veces no, nunca habéis estado conmigo.
- ¿ Como estás tan seguro ?.

Y la inseguridad, que también estaba allí presente se le acercó. Se quedo petrificado, inmóvil, viendo como cada vez estaba más cerca, hasta que finalmente le tocó.

- La verdad es que... no sabría que decir. Yo pensaba que no, pero...

Y poco a poco le rodearon. Y le tocaron, y el no se resistió. Y se dio cuenta que efectivamente habían sido sus compañeros de viaje durante toda su vida.

De repente ya no estaban, tal cual llegaron se habían marchado. ¿ o nunca habían aparecido ?, ¿ o siempre habían estado allí ?.

Era incapaz de coordinar un pensamiento coherente, la cabeza le iba a estallar. La espera le estaba matando. Pero, ¿ que esperaba ?...



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