Era una tarde cualquiera, de un día
cualquiera, de un año cualquiera. Se acercó hasta la ventana para
ver la calle, estaba lloviendo a mares. ¿ O acaso es que los
cristales estaban empañados ?, o peor aun, ¿ era en sus ojos donde
llovía ?.
Tenía la cabeza embotada, no era capaz
de pensar nada coherente. La espera le estaba matando. Esperando ¿
qué ?. Tampoco estaba seguro. O acaso eran las drogas las que le
estaban destrozando. Debía ser otra cosa, porque nunca había caído
tan bajo como para eso. O si, depende de la clasificación de las
drogas. Si hablamos de las ilegales, indudablemente no, pero de las
legales... O más concretamente de las que nadie considera como
drogas pero realmente los son, esas que te enganchan sin remedio, que
las necesitas y no puedes vivir sin ellas, esas que no se inhalan, ni
se inyectan, ni se fuman ni se beben.
Son las peores, no existe tratamiento
ni remedio. Una vez que las pruebas las necesitas, es algo que se te
mete entre ceja y ceja y no te deja vivir, te embota la cabeza.
Definitivamente debían ser esas
drogas.
No, no podía ser, seguía convencido
que lo que le estaba matando era la espera. Lo triste es que no sabía
que esperaba. ¿ Acaso una señal ?, pero como identificar una señal
si no tienes ni la más remota idea de como llegara. ¿ O será un
correo ?, ¿ una llamada de teléfono ?, ¿ acaso un SMS ?, o
simplemente el timbre de la puerta.
La habitación comenzó a poblarse de
seres. Aparecieron por todas partes, por la puerta, por la ventana,
atravesando las paredes. En un instante lo llenaron todo. Eran los
fantasmas de los miedos, de las dudas, de las indecisiones... Todos
juntos, fiesta de fantasmas.
Entonces comenzaron los temblores, el
pánico, la inseguridad. La reacción innata no tardo en aparecer,
buscar una esquina con la que protegerse la espalda, acurrucarse en
un rincón en posición fetal, buscando ese amparo que nunca llega.
Era gracioso, intentar protegerse con
una pared de unos fantasmas que acababan de atravesarla. Se hizo el
silencio. No estaba seguro del tiempo que duró, le pareció una
eternidad. Poco a poco consiguió controlar los temblores,
lentamente fue levantando la cabeza, con miedo. Los vio claramente,
estaban allí, todos juntos, desafiándole con la mirada.
- Marcharos, no os he llamado.
- Te equivocas, si nos has llamado y
hemos venido para quedarnos.
- Imposible, yo no os quiero, ni he
pensado en vosotros, marcharos. Os lo ordeno.
- Sigues equivocado, si nos has
llamado. Y lo que es más importante, no podemos marcharnos. Somos
parte de ti, hemos crecido juntos, vivimos juntos y moriremos
contigo.
- No y mil veces no, nunca habéis
estado conmigo.
- ¿ Como estás tan seguro ?.
Y la inseguridad, que también estaba
allí presente se le acercó. Se quedo petrificado, inmóvil, viendo
como cada vez estaba más cerca, hasta que finalmente le tocó.
- La verdad es que... no sabría que
decir. Yo pensaba que no, pero...
Y poco a poco le rodearon. Y le
tocaron, y el no se resistió. Y se dio cuenta que efectivamente
habían sido sus compañeros de viaje durante toda su vida.
De repente ya no estaban, tal cual
llegaron se habían marchado. ¿ o nunca habían aparecido ?, ¿ o
siempre habían estado allí ?.
Era incapaz de coordinar un pensamiento
coherente, la cabeza le iba a estallar. La espera le estaba matando.
Pero, ¿ que esperaba ?...
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