Es algo superior a mis fuerzas, no
puedo evitarlo, siento atracción por el fuego. Es algo que me
cautiva y me hace perder la noción del tiempo.
Desde que era un niño me ha gustado
sentarme frente al fuego del hogar, simplemente por el placer de ver
consumirse los troncos. El suelo, aunque era de terrazo, estaba
caliente por el efecto de las llamas pasadas. En ese momento ya no
eran tan vivas y se podía estar delante. Fuera, en la calle, el frió
era terrible, con un viento helado del norte que congelaba hasta el
aliento.
Dentro era otra cosa, estaba la lumbre.
No se apagaba en todo el día. Bien es cierto que durante la noche,
al no haber nadie avivándola se mantenía casi con las ascuas. Pero
se mantenía para que el primero que amaneciera le metiera más leña,
“más madera, es la guerra”.
Poco tardaban esos troncos todavía
húmedos en comenzar a chisporrotear mientras se encendían. Cuando
ya empezaban a coger temperatura iban soltando por los extremos la
savia que todavía les quedaba dentro. Lentamente iban perdiendo su
aspecto, tornándose completamente rojos a consecuencia del calor.
Hasta que de repente en algún punto cedían y se partían.
Y allí estaba yo, presto a situar con
las pinzas cada uno de los trozos de tronco en un lugar estratégico
para que siguieran consumiéndose.
Y vuelta a las llamas, esas llamas que
lo devoraban todo. Me gustaba sentarme a observar el movimiento de
esas pequeñas lenguas de fuego, danzarinas siguiendo una coreografiá
que la naturaleza había escrito para ellas, haciendo lentamente su
trabajo, con estridencia al principio cuando los troncos crepitaban
al contacto con el fuego y casi con un susurro al final, cuando casi
en silencio se consumían hasta apagarse. En realidad no se apagaban,
simplemente se fundían en un abrazo con la madera, cubriéndola por
completo hasta consumirla.
Y cuando todo parecía acabar, allí
estábamos nosotros badila en mano prestos a coger las ascuas para
llenar el brasero, que previo paso por la calle para airearlo un
poco, terminaba ubicado bajo la mesa camilla, alrededor de la cual
nos sentábamos todos para aprovechar ese calor que despedía.
Desgraciadamente la llegada de la
calefacción ha relegado todo esto al olvido, y quién sabe si puede
tener que ver con el distanciamiento de la sociedad actual. Al fin y
al cabo antes hacíamos piña en torno a una brasas porque era el
único lugar de la casa donde se podía hablar sin exhalar vaho, y
reunía a la familia.
No creo que quedase muy bien ponerse a
ver una película con un home cinema, una televisión plana de 40
pulgadas y una mesa camilla con un brasero de picón. ¿ Pero a quién
le interesa una película pudiendo montar una tertulia o jugar unas
manos de cartas alrededor de una mesa camilla ?.
En fin, seguiremos disfrutando de los
pequeños placeres antiguos que todavía podemos encontrar en la
vida.
Dedicado a alguien muy especial a quien
también el fuego del hogar hace evocar recuerdos de juventud.
Pues supongo que dependera del momento ,hoy desde luego que me ha dado calorcito ,lo necesitaba y eso que hemos contratado seguro de sol...y tambien me ha traido muy buenos recuerdos de gente a la que quiero alrededor de un brasero de picon .porfa sigue regalandonos tus relatos.
ResponderEliminarUn abrazo
CKarmen
El regalo me lo hacéis vosotros a mi dedicando parte de vuestro tiempo en leerme y comentar. Con vuestro apoyo tener por seguro que al menos lo seguiré intentando.
EliminarUn abrazo
Ciertamente, este relato me ha hecho trasportarme a las tardes de invierno alrededor del brasero en casa de mis abuelos...que calor desprendían!!!
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