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lunes, 2 de abril de 2012

El fuego


Es algo superior a mis fuerzas, no puedo evitarlo, siento atracción por el fuego. Es algo que me cautiva y me hace perder la noción del tiempo.

Desde que era un niño me ha gustado sentarme frente al fuego del hogar, simplemente por el placer de ver consumirse los troncos. El suelo, aunque era de terrazo, estaba caliente por el efecto de las llamas pasadas. En ese momento ya no eran tan vivas y se podía estar delante. Fuera, en la calle, el frió era terrible, con un viento helado del norte que congelaba hasta el aliento.
Dentro era otra cosa, estaba la lumbre. No se apagaba en todo el día. Bien es cierto que durante la noche, al no haber nadie avivándola se mantenía casi con las ascuas. Pero se mantenía para que el primero que amaneciera le metiera más leña, “más madera, es la guerra”.

Poco tardaban esos troncos todavía húmedos en comenzar a chisporrotear mientras se encendían. Cuando ya empezaban a coger temperatura iban soltando por los extremos la savia que todavía les quedaba dentro. Lentamente iban perdiendo su aspecto, tornándose completamente rojos a consecuencia del calor. Hasta que de repente en algún punto cedían y se partían.

Y allí estaba yo, presto a situar con las pinzas cada uno de los trozos de tronco en un lugar estratégico para que siguieran consumiéndose.

Y vuelta a las llamas, esas llamas que lo devoraban todo. Me gustaba sentarme a observar el movimiento de esas pequeñas lenguas de fuego, danzarinas siguiendo una coreografiá que la naturaleza había escrito para ellas, haciendo lentamente su trabajo, con estridencia al principio cuando los troncos crepitaban al contacto con el fuego y casi con un susurro al final, cuando casi en silencio se consumían hasta apagarse. En realidad no se apagaban, simplemente se fundían en un abrazo con la madera, cubriéndola por completo hasta consumirla.

Y cuando todo parecía acabar, allí estábamos nosotros badila en mano prestos a coger las ascuas para llenar el brasero, que previo paso por la calle para airearlo un poco, terminaba ubicado bajo la mesa camilla, alrededor de la cual nos sentábamos todos para aprovechar ese calor que despedía.

Desgraciadamente la llegada de la calefacción ha relegado todo esto al olvido, y quién sabe si puede tener que ver con el distanciamiento de la sociedad actual. Al fin y al cabo antes hacíamos piña en torno a una brasas porque era el único lugar de la casa donde se podía hablar sin exhalar vaho, y reunía a la familia.

No creo que quedase muy bien ponerse a ver una película con un home cinema, una televisión plana de 40 pulgadas y una mesa camilla con un brasero de picón. ¿ Pero a quién le interesa una película pudiendo montar una tertulia o jugar unas manos de cartas alrededor de una mesa camilla ?.

En fin, seguiremos disfrutando de los pequeños placeres antiguos que todavía podemos encontrar en la vida.


Dedicado a alguien muy especial a quien también el fuego del hogar hace evocar recuerdos de juventud.




3 comentarios:

  1. Pues supongo que dependera del momento ,hoy desde luego que me ha dado calorcito ,lo necesitaba y eso que hemos contratado seguro de sol...y tambien me ha traido muy buenos recuerdos de gente a la que quiero alrededor de un brasero de picon .porfa sigue regalandonos tus relatos.
    Un abrazo
    CKarmen

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    1. El regalo me lo hacéis vosotros a mi dedicando parte de vuestro tiempo en leerme y comentar. Con vuestro apoyo tener por seguro que al menos lo seguiré intentando.

      Un abrazo

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  2. Ciertamente, este relato me ha hecho trasportarme a las tardes de invierno alrededor del brasero en casa de mis abuelos...que calor desprendían!!!

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