La vida es un puzle, un inmenso puzle
del que todos formamos parte. Si lo miras desde lejos lo verás
inmaculado, perfecto, con cientos de colores, con miles de matices,
completamente cohesionado, tremendamente bello. Pero a medida que te
vas a cercando te das cuenta que esa perfección desaparece. Es
entonces cuando empiezas a percibir que ese mundo ideal no existe,
empiezas a percibir las divisiones y con ellas empiezas a perder la
visión del conjunto.
Las piezas del puzle se unen unas con
otras y entre todas consiguen hacer un conjunto maravilloso, pero por
separado no son nada.
Todo el que haya intentado alguna vez
montar un puzle se habrá encontrado en la misma situación, miles de
piezas en un montón buscando su lugar. En ese momento todas parecen
iguales, los colores no se distinguen, las formas se diluyen. Es
necesario empezar a separar, si no queremos perecer en el intento.
Primero separamos los extremos, son los
más fáciles de identificar y de ubicar en su lugar. Y a partir de
ahí seguiremos por grupos de colores. Empieza siendo una tarea más
o menos sencilla, pero a medida que vamos eliminando las diferencias
y la monotonía empieza a ser la nota predominante comienzan los
problemas.
En esos momentos ya no sabremos
distinguir una pieza de otra. Todas nos parecerán iguales aunque
ninguna lo es. Llegados a ese punto intentaremos que las piezas
encajen en cualquier sitio. Y esto es imposible porque cada pieza
tiene su lugar en ese inmenso puzle. Aún así lo intentamos,
cogemos la pieza y la colocamos con mucho cuidado, y la pieza entrará
en el hueco, un poco forzada pero entrará. No nos importará mucho
que el troquelado no coincida exactamente, que dicha pieza aunque por
poco, no encaje donde a nosotros nos gustaría. Pensaremos que es un
error de fabricación, pero que esa pieza está colocada en su lugar.
Pero claro está, esa pieza no está en
su lugar y eso provocará que la pieza que debería encajar en ese
punto también le busquemos un lugar en el puzle, también encajará
a regañadientes, pero encajará. Y es entonces cuando nos alejamos
del puzle para ver el conjunto y caemos en la cuenta que las piezas
que hemos encajado donde no correspondían están rompiendo la
cohesión del conjunto, el puzle ya no es continuo, tiene fisuras,
incluso en algunos puntos ni tan siquiera es liso.
Y entonces caemos en la cuenta que esas
piezas no están en su lugar, y se produce el cataclismo, porque para
colocar cada pieza en su lugar tenemos que deshacer medio puzle. Por
supuesto, en ese momento los ánimos no están para continuar
haciendo puzles. Debemos tomarnos un descanso antes de reiniciar la
tarea.
¿ Por qué nos empeñamos en encajar
las piezas del puzle donde no tienen cabida ?. Es una pregunta sin
respuesta, o con millones de ellas.
Nos empeñamos en dirigir el puzle, en
situar las piezas donde a nosotros nos gusta que estén, y no nos
damos cuenta que cada pieza tiene su lugar en el puzle del mundo, ese
lugar para el que está preparado, en el que ofrece valor al
conjunto. No caemos en la cuenta que esas piezas puestas en otro
lugar desentonan y provocan conflicto, incluso en ocasiones
enfrentamientos con las piezas colindantes, que provoca que algunas
de ellas se levanten.
La vida es un inmenso puzle, cada pieza
tiene su lugar y tarde o temprano lo encontrará. Dejemos que cada
pieza encuentre su lugar y no nos empeñemos en situarla donde no
tiene cabida. De esa forma el resto de las piezas tendrán la
cohesión necesaria, y el conjunto resultará tremendamente
atractivo.
Qué gran reflexión!!. Avísame si en alguna ocasión, intentando juntar las piezas de un puzzle con mi mejor intención, coloco una fuera de su sitio y observas que está forzada. Besos.
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