Como pasa el tiempo, parece que fue
ayer y sin embargo hace ya un año. La distancia te permite valorar
mejor las situaciones que cuando las tienes encima. Tampoco se puede
dejar mucha distancia, la lejanía difumina todo hasta hacerlo
imperceptible. Creo que un año es una distancia suficiente como para
echar la vista atrás y examinar lo que pasó en esos días de marzo
del 2.011.
Era un final anunciado, pero no por
ello menos doloroso. Había sido un camino tortuoso, en el que
desgraciadamente las circunstancias me habían mostrado la cruda
realidad. Lo malo (o lo bueno, nunca se sabe) que tiene internet es
que te permite el acceso a mucha información. Desde el primer día
yo era consciente de la evolución esperada de la enfermedad. Como
humanos que somos tendemos a pensar que esto no nos puede suceder a
nosotros, que seguro que había algo que no encontraba en esos
estudios y que por supuesto haría que todo terminara bien.
Pero los cuentos de hadas son eso,
cuentos, y la realidad me hizo aterrizar de golpe una noche del mes
de septiembre del 2.008. Había recogido esa mañana los resultados
de la ultima prueba que la habían hecho. El informe lo dejaba
claro, en terminología médica pero claro, se había reproducido.
Todo lo que había leído volvió a mi mente, realmente era cierto.
Esa noche estuvimos en un concierto en las fiestas de la Melonera y
acabé como acabé.
A partir de ese momento me fui
preparando para lo que nos esperaba, en silencio, haciendo que cada
día fuera un día normal. Los meses pasaban y el deterioro era cada
día más evidente. En esos momentos pensé muchas veces en la liga
de fútbol, aunque pueda parecer extraño le encontraba una
similitud. Me refiero a esas últimas jornadas de liga en las que
muchos equipos ya no tienen nada por lo que disputar puesto que ni
peligra su categoría ni pueden optar a ninguno de los premios. Sin
embargo esos equipos, haciendo gala de su profesionalidad salen cada
domingo ante su afición para hacerles pasar un rato agradable,
intrascendente pero agradable. Así me sentía yo, luchando en una
liga en la que ya no podía conseguir ningún resultado positivo pero
que tenía que seguir jugando, era lo que el público esperaba.
Muchas veces me preguntaba la gente
cual era su opinión y mi respuesta siempre era la misma, no dice
nada porque no hablamos de ello. Era un síntoma claro de cobardía,
del miedo a que una situación terrible pero asumida se convirtiera
en algo inmanejable.
Durante todo ese tiempo me fui
preparando mentalmente para ello. Fue un periodo largo que me
permitió ir afrontando las situaciones sin sobresaltos. Muchos
momentos de soledad para pensar. Aunque por mucho que te prepares
siempre te dejas algo en el tintero, menos mal que llegado el momento
recibes el apoyo de tus seres queridos, familia y amigos, que te
ayudan a cubrir esas lagunas en las que ni siquiera habías reparado.
Pero por mucho que había dado vueltas
sobre el tema hubo algo que me cogió totalmente por sorpresa, algo
que como decía antes, mi propia cobardía había evitado. Fue una de
esas jugarretas que nos guarda el destino, me tocó decirla que era
el final, que no había solución. No me preguntéis como lo hice,
no lo se. Lo cierto es que conseguí decírselo sin rodeos, con la
mayor ternura que pude, sin excesiva emoción pero sin frialdad. Y en
ese momento recibí el último regalo que me hizo, un regalo de vida,
fue una sola frase pero suficiente para mantenerme firme, “que le
vamos a hacer, es el final”.
Son pruebas a las que te somete la
vida, que las pasas con nota aunque en ocasiones hubieras preferido
haber suspendido el examen. Yo, que fui incapaz de ver a mi abuelo
cuando falleció, sin embargo no me tembló la mano cuando... mejor
dejarlo así.
Ya solo quedaba un punto por afrontar,
quizás el peor de todos, explicarle a un niño que su madre ya no
volvería. Aunque el no era ajeno a lo que estaba ocurriendo, aunque
el ya hubiera comentado que pensaba en ello, era un niño y no estaba
preparado mentalmente para ello (o quizás sí). En esas situaciones
no importa lo que hayas pensado, lo que hayas planificado, siempre
existe un factor que supone el 50 por ciento de la ecuación y que
nunca controlas, la reacción de él.
Nuevamente recibí un regalo de vida,
encajó el puñetazo sin inmutarse, un solo segundo de silencio y
empezó una batería de preguntas encaminadas todas ellas a
comprender lo que había ocurrido, al fin y al cabo el no había
estado y necesitaba saber más. Un breve llanto de desahogo y en
seguida se recompuso. Y así hasta ahora.
Ciertamente las cosas desde la
distancia se ven mejor, pero no es tiempo de detenerse. Después de
un pequeño alto en el camino para volver la vista atrás es tiempo
de continuar el recorrido, queda mucho por hacer y el reloj de la
vida no se para.
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