El invierno ya se batía en retirada y
todavía dejaba sus notas frías en la mañana. Los primeros rayos de
sol ya se colaban entre los edificios iluminando las calles. El cielo
estaba limpio, sin una nube, parece que tendríamos un día de sol
radiante, las horas centrales del día serían muy agradables.
Me dispuse a salir a la calle, ya
habían pasado muchas horas del día y había que aprovecharlas.
Caminaba de prisa por la acera cuando algo llamó mi atención, un
pequeño pajarillo se movía torpemente entre dos coches. Era un
pequeño jilguero demasiado débil para volar.
Le recogí y le llevé a casa. Le
preparé rápidamente una caja de zapatos con un poco de leche y pan
y lo dejé junto a la ventana para que tuviera luz. No podía
entretenerme mucho más, el trabajo esperaba.
Ya de vuelta en casa le instalé en una
jaula que adquirí en uno de mis viajes a Túnez, y que desde
entonces había formado parte de la decoración. El cambio le gustó,
y en seguida tomó posesión de su nuevo hogar.
Los días pasaban y el jilguero se
encontraba totalmente recuperado y feliz, incluso se arrancaba con
algún ligero canturreo. Le observaba cuando volvía del trabajo y el
me miraba, saltaba frenético de lado a lado de la jaula y picoteaba
la hoja de lechuga que le acababa de poner.
Pero el siguiente fin de semana la cosa
cambió. La jaula estaba instalada junto a un gran ventanal desde el
que se divisaba el parque. Cada mañana marchaba temprano a
trabajar, y aunque los días eran cada vez más largos, lo cierto es
que no subía la persiana hasta salir de casa. Pero ese domingo me di
cuenta de algo que hasta el momento había pasado desapercibido.
Levante la persiana como de costumbre y
comencé con las tareas de la casa. Era un día soleado y la
temperatura muy agradable por lo que dejé abiertas las ventanas más
tiempo del que acostumbraba en los fríos días de invierno.
Desde la calle comenzaron a llegar los
sonidos de los pajarillos que revoloteaban por los árboles del
parque. Entonces me dí cuenta. Estaba desempolvando los estantes del
mueble cuando me giré y ví la jaula. El jilguero se encontraba
inmóvil, mirando fijamente a través de la ventana todo lo que el
mundo podía ofrecerle.
Esa tarde la pasé pensando en lo
ocurrido en la mañana. Hasta ese momento no me había preocupado por
el jilguero. En realidad si lo había hecho pero no en la forma
adecuada. Cada día le cambiaba el agua, le ponía comida y le
limpiaba la jaula, la cual era bastante amplia. Además tenía una
ubicación junto a la ventana por la que le llegaba mucha luz. ¿ Que
más podía necesitar ?.
Era evidente, lo que necesitaba era
libertad. Justo lo que no le había dado, cierto es que había sido
su salvador unas semanas atrás, pero ¿ que derecho tenía yo a
privar de la libertad a ningún ser ?. Por muy grande y lujosa que
fuera la jaula no dejaría de ser un conjunto de barrotes que le
separaban de la libertad.
No lo pensé más, a la mañana
siguiente, antes de salir al trabajo le abriría la jaula.
Al principio no quería salir, pero al
escuchar los gorjeos de sus congéneres salió raudo por la pequeña
puerta de la jaula y atravesó la ventana abierta volando como no
podía hacerlo en la jaula.
Me sentía triste de la pérdida pero
interiormente me sentía bien, había hecho lo correcto, le había
dado la oportunidad de elegir, volvía a ser libre.
Para mi sorpresa, el siguiente fin de
semana le volví a ver. Tenía la ventana abierta y vino a posarse en
el alfeizar. Le observé desde el fondo de la habitación pero cuando
intenté acercame salió volando. Quedaba claro que en sus planes no
entraba volver a ser enjaulado.
Al día siguiente, cuando abrí la
ventana le puse un poco de alpiste, su cacharro con agua y me senté
a esperar. No tardó en aparecer. Picoteó la comida, se paseó por
el borde y tras un instante desapareció.
Desgraciadamente no podía hacerlo a
diario, pero desde ese día no faltó un fin de semana en el que no
le pusiera su comida, y el por supuesto acudió a por ella, fiel a su
cita. Pero por mucho que pasaban los días, el siempre se quedaba por
el borde exterior del alfeizar. Era evidente que aunque se sintiera
a gusto viniendo a recibir comida su vida estaba fuera de los
barrotes.
Todo siguió igual hasta que un día,
para mi sorpresa, se posó en el marco de la ventana. Se quedó un
rato observando el interior de la habitación, parece que buscaba
algo. Y así era. Casi sin darme cuenta entró en la habitación con
un vuelo corto y se posó en la jaula.
No salía de mi asombró, había pasado
mucho tiempo, pero allí le tenía de nuevo. Me acerque con mucho
cuidado para no asustarle, aunque parecía muy tranquilo. Suavemente
abrí la portezuela de la jaula y di un par de pasos atrás.
Tranquilamente, fue deslizándose hasta la puerta y se metió dentro
de la jaula.
Esa noche me costó conciliar el sueño.
¿ Que vicisitudes le habría deparado el mundo para preferir
continuar su vida tras unos barrotes ?, ¿ se habría cansado de ser
libre ?, ¿ o acaso había tomado la libre decisión de terminar sus
días junto a mí aunque fuera en una jaula ?.
Lamentablemente no tenía respuestas
para ninguna de estas preguntas.
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