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jueves, 1 de marzo de 2012

Prisioneros


El invierno ya se batía en retirada y todavía dejaba sus notas frías en la mañana. Los primeros rayos de sol ya se colaban entre los edificios iluminando las calles. El cielo estaba limpio, sin una nube, parece que tendríamos un día de sol radiante, las horas centrales del día serían muy agradables.

Me dispuse a salir a la calle, ya habían pasado muchas horas del día y había que aprovecharlas. Caminaba de prisa por la acera cuando algo llamó mi atención, un pequeño pajarillo se movía torpemente entre dos coches. Era un pequeño jilguero demasiado débil para volar.

Le recogí y le llevé a casa. Le preparé rápidamente una caja de zapatos con un poco de leche y pan y lo dejé junto a la ventana para que tuviera luz. No podía entretenerme mucho más, el trabajo esperaba.

Ya de vuelta en casa le instalé en una jaula que adquirí en uno de mis viajes a Túnez, y que desde entonces había formado parte de la decoración. El cambio le gustó, y en seguida tomó posesión de su nuevo hogar.

Los días pasaban y el jilguero se encontraba totalmente recuperado y feliz, incluso se arrancaba con algún ligero canturreo. Le observaba cuando volvía del trabajo y el me miraba, saltaba frenético de lado a lado de la jaula y picoteaba la hoja de lechuga que le acababa de poner.

Pero el siguiente fin de semana la cosa cambió. La jaula estaba instalada junto a un gran ventanal desde el que se divisaba el parque. Cada mañana marchaba temprano a trabajar, y aunque los días eran cada vez más largos, lo cierto es que no subía la persiana hasta salir de casa. Pero ese domingo me di cuenta de algo que hasta el momento había pasado desapercibido.
Levante la persiana como de costumbre y comencé con las tareas de la casa. Era un día soleado y la temperatura muy agradable por lo que dejé abiertas las ventanas más tiempo del que acostumbraba en los fríos días de invierno.
Desde la calle comenzaron a llegar los sonidos de los pajarillos que revoloteaban por los árboles del parque. Entonces me dí cuenta. Estaba desempolvando los estantes del mueble cuando me giré y ví la jaula. El jilguero se encontraba inmóvil, mirando fijamente a través de la ventana todo lo que el mundo podía ofrecerle.

Esa tarde la pasé pensando en lo ocurrido en la mañana. Hasta ese momento no me había preocupado por el jilguero. En realidad si lo había hecho pero no en la forma adecuada. Cada día le cambiaba el agua, le ponía comida y le limpiaba la jaula, la cual era bastante amplia. Además tenía una ubicación junto a la ventana por la que le llegaba mucha luz. ¿ Que más podía necesitar ?.

Era evidente, lo que necesitaba era libertad. Justo lo que no le había dado, cierto es que había sido su salvador unas semanas atrás, pero ¿ que derecho tenía yo a privar de la libertad a ningún ser ?. Por muy grande y lujosa que fuera la jaula no dejaría de ser un conjunto de barrotes que le separaban de la libertad.

No lo pensé más, a la mañana siguiente, antes de salir al trabajo le abriría la jaula.
Al principio no quería salir, pero al escuchar los gorjeos de sus congéneres salió raudo por la pequeña puerta de la jaula y atravesó la ventana abierta volando como no podía hacerlo en la jaula.
Me sentía triste de la pérdida pero interiormente me sentía bien, había hecho lo correcto, le había dado la oportunidad de elegir, volvía a ser libre.

Para mi sorpresa, el siguiente fin de semana le volví a ver. Tenía la ventana abierta y vino a posarse en el alfeizar. Le observé desde el fondo de la habitación pero cuando intenté acercame salió volando. Quedaba claro que en sus planes no entraba volver a ser enjaulado.
Al día siguiente, cuando abrí la ventana le puse un poco de alpiste, su cacharro con agua y me senté a esperar. No tardó en aparecer. Picoteó la comida, se paseó por el borde y tras un instante desapareció.

Desgraciadamente no podía hacerlo a diario, pero desde ese día no faltó un fin de semana en el que no le pusiera su comida, y el por supuesto acudió a por ella, fiel a su cita. Pero por mucho que pasaban los días, el siempre se quedaba por el borde exterior del alfeizar. Era evidente que aunque se sintiera a gusto viniendo a recibir comida su vida estaba fuera de los barrotes.



Todo siguió igual hasta que un día, para mi sorpresa, se posó en el marco de la ventana. Se quedó un rato observando el interior de la habitación, parece que buscaba algo. Y así era. Casi sin darme cuenta entró en la habitación con un vuelo corto y se posó en la jaula.
No salía de mi asombró, había pasado mucho tiempo, pero allí le tenía de nuevo. Me acerque con mucho cuidado para no asustarle, aunque parecía muy tranquilo. Suavemente abrí la portezuela de la jaula y di un par de pasos atrás. Tranquilamente, fue deslizándose hasta la puerta y se metió dentro de la jaula.

Esa noche me costó conciliar el sueño. ¿ Que vicisitudes le habría deparado el mundo para preferir continuar su vida tras unos barrotes ?, ¿ se habría cansado de ser libre ?, ¿ o acaso había tomado la libre decisión de terminar sus días junto a mí aunque fuera en una jaula ?.

Lamentablemente no tenía respuestas para ninguna de estas preguntas.



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