Una de las cosas que más me han
llamado la atención desde hace muchos años son los amaneceres en
las ciudades. La verdad es que son totalmente diferentes a los que
se pueden encontrar en el campo, que por supuesto son mucho más
bellos. Pero la verdad es que los amaneceres en las ciudades para mi
tienen un encanto especial.
Claro que para disfrutar de ellos se
deben dar unas circunstancias especiales, tienes que ser un
observador, no puedes formar parte de ese amanecer.
¿ Como se puede observar un amanecer
sin formar parte de el ?. No es tan difícil. La verdad es que yo lo
he conseguido de diversas formas, aunque algunas de ellas mejor no
experimentarlas.
Como decía se consigue siendo
observador de como amanece la ciudad, y para ello es requisito
indispensable estar despierto antes que los demás y tener tiempo
para observar.
La primera vez que lo viví, o al menos
la primera vez que lo recuerdo fue durante el Servicio Militar, esas
madrugadas de guardia en una garita frente a unos bloques de
viviendas. Era el turno de cinco a siete, y lo único que tenías que
hacer era observar. Durante el día era una calle bastante ruidosa,
pero en la noche prácticamente se hacía el silencio. En ese
silencio se podía escuchar el murmullo lejano de algún coche que se
acercaba, es increíble como puede sorprender el sonido de un coche
en una ciudad como Madrid.
La verdad es que el amanecer comienza
dentro de los edificios mucho antes que fuera. Se ve como se
enciende una luz en un piso, luego en otro más allá, luego el de
arriba, luego... Te vas dando cuenta como se va despertando la gente.
Pero si observas con atención llegas a percibir los movimientos
dentro de las casas, como se apaga una luz y se enciende otra, como
entran en los baños con sus cristales biselados. De repente una
nueva luz, la del portal y ya van saliendo los más madrugadores.
A esas alturas ya es imposible
distinguir el sonido de los coches, porque aunque todavía el tráfico
es insignificante comparado con el día, lo cierto es que ya se funde
el sonido de uno con el del siguiente.
A partir de aquí el amanecer se
traslada a las calles, cada vez salen más personas de los portales,
se les ve salir presurosos en dirección al metro. Ya se puede ver
algún bar abierto y los primeros clientes entrando para apurar ese
café rápido. Los repartidores de prensa ya hace tiempo que
pasaron, de hecho fueron los primeros, y ahora les toca el turno a
los vendedores, que se afanan en colocar la prensa diaria en sus
respectivos montones. Las paradas de los autobuses empiezan a
poblarse de gente, y como por arte de magia las calles han cobrado
vida.
Una experiencia muy parecida la he
podido vivir desde la ventana de un hospital, donde también se puede
observar desde lo alto como amanece la ciudad, pero como decía,
mejor no tener la ocasión.
Y luego está la que a mi más me
gusta, la observación del amanecer desde los ojos del turista, del
forastero en la ciudad, que no tiene prisa y se fija en los detalles
que para el lugareño pasan totalmente desapercibidos. La ventaja
sustancial en este caso es que puedes observar el amanecer desde
dentro pero sin formar parte de el.
Sales a la ciudad, donde por supuesto
todo te parece extraño, y observas. Puedes ver una furgoneta de
reparto cortando una calle de un solo carril para descargar los
bultos y un coche pitando detrás, a los tenderos preparar la
mercancía que poco más tarde ofrecerán (me encantan las fruterías
de París con todo el género perfectamente expuesto en la calle),
algún que otro joven en bicicleta, mucha gente andando de prisa, una
pareja despidiéndose con un fugaz beso al salir del portal ...
Y lo mejor es cuando te entremezclas
con ellos, desayunas sin prisa en un bar o te montas en el metro y
sigues observando. Ves a gente dormitando, a otros leyendo la prensa
del de al lado, todos intentando ser el primero en salir del vagón,
o corriendo para entrar justo antes que se cierren las puertas.
Da igual la ciudad en la que estés,
siempre puedes observar las mismas cosas, esas que diariamente nos
pasan desapercibidas porque no las vemos, simplemente somos parte de
ellas.
Aunque también las ciudades nos
obsequian con amaneceres como este de Madrid.
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