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lunes, 26 de marzo de 2012

Amanecer en la ciudad


Una de las cosas que más me han llamado la atención desde hace muchos años son los amaneceres en las ciudades. La verdad es que son totalmente diferentes a los que se pueden encontrar en el campo, que por supuesto son mucho más bellos. Pero la verdad es que los amaneceres en las ciudades para mi tienen un encanto especial.
Claro que para disfrutar de ellos se deben dar unas circunstancias especiales, tienes que ser un observador, no puedes formar parte de ese amanecer.

¿ Como se puede observar un amanecer sin formar parte de el ?. No es tan difícil. La verdad es que yo lo he conseguido de diversas formas, aunque algunas de ellas mejor no experimentarlas.

Como decía se consigue siendo observador de como amanece la ciudad, y para ello es requisito indispensable estar despierto antes que los demás y tener tiempo para observar.

La primera vez que lo viví, o al menos la primera vez que lo recuerdo fue durante el Servicio Militar, esas madrugadas de guardia en una garita frente a unos bloques de viviendas. Era el turno de cinco a siete, y lo único que tenías que hacer era observar. Durante el día era una calle bastante ruidosa, pero en la noche prácticamente se hacía el silencio. En ese silencio se podía escuchar el murmullo lejano de algún coche que se acercaba, es increíble como puede sorprender el sonido de un coche en una ciudad como Madrid.

La verdad es que el amanecer comienza dentro de los edificios mucho antes que fuera. Se ve como se enciende una luz en un piso, luego en otro más allá, luego el de arriba, luego... Te vas dando cuenta como se va despertando la gente. Pero si observas con atención llegas a percibir los movimientos dentro de las casas, como se apaga una luz y se enciende otra, como entran en los baños con sus cristales biselados. De repente una nueva luz, la del portal y ya van saliendo los más madrugadores.
A esas alturas ya es imposible distinguir el sonido de los coches, porque aunque todavía el tráfico es insignificante comparado con el día, lo cierto es que ya se funde el sonido de uno con el del siguiente.
A partir de aquí el amanecer se traslada a las calles, cada vez salen más personas de los portales, se les ve salir presurosos en dirección al metro. Ya se puede ver algún bar abierto y los primeros clientes entrando para apurar ese café rápido. Los repartidores de prensa ya hace tiempo que pasaron, de hecho fueron los primeros, y ahora les toca el turno a los vendedores, que se afanan en colocar la prensa diaria en sus respectivos montones. Las paradas de los autobuses empiezan a poblarse de gente, y como por arte de magia las calles han cobrado vida.

Una experiencia muy parecida la he podido vivir desde la ventana de un hospital, donde también se puede observar desde lo alto como amanece la ciudad, pero como decía, mejor no tener la ocasión.

Y luego está la que a mi más me gusta, la observación del amanecer desde los ojos del turista, del forastero en la ciudad, que no tiene prisa y se fija en los detalles que para el lugareño pasan totalmente desapercibidos. La ventaja sustancial en este caso es que puedes observar el amanecer desde dentro pero sin formar parte de el.
Sales a la ciudad, donde por supuesto todo te parece extraño, y observas. Puedes ver una furgoneta de reparto cortando una calle de un solo carril para descargar los bultos y un coche pitando detrás, a los tenderos preparar la mercancía que poco más tarde ofrecerán (me encantan las fruterías de París con todo el género perfectamente expuesto en la calle), algún que otro joven en bicicleta, mucha gente andando de prisa, una pareja despidiéndose con un fugaz beso al salir del portal ...
Y lo mejor es cuando te entremezclas con ellos, desayunas sin prisa en un bar o te montas en el metro y sigues observando. Ves a gente dormitando, a otros leyendo la prensa del de al lado, todos intentando ser el primero en salir del vagón, o corriendo para entrar justo antes que se cierren las puertas.

Da igual la ciudad en la que estés, siempre puedes observar las mismas cosas, esas que diariamente nos pasan desapercibidas porque no las vemos, simplemente somos parte de ellas.




Aunque también las ciudades nos obsequian con amaneceres como este de Madrid.


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