Vistas de página en total

lunes, 12 de marzo de 2012

Camino del cielo


Nos levantamos pronto el sábado. Era un 2 de Julio y amanecía muy temprano. El hostal no era ningún palacio pero cumplió a la perfección lo que necesitábamos, una cama donde pasar la noche antes de la dura jornada que nos esperaba.

La dueña del hostal nos preparó un desayuno impresionante, magdalenas caseras, pan de hogaza recién tostado, bizcocho, mantequilla artesana, cafe y por supuesto leche de vaca sin pasar por fábrica. La verdad es que con esos manjares daban ganas de no moverse de allí. Pero que se le iba a hacer, no era a eso a lo que habíamos ido hasta el corazón de los picos de Europa.

Recogimos las mochilas, el Land Rover ya estaba esperando. Podíamos haber iniciado la marcha desde Posada de Valdeón, eran unos cinco o seis kilómetros por una carretera casi sin tráfico, pero mejor guardar fuerzas para la parte difícil del recorrido.

El todo terreno dejó la carretera asfaltada y se adentró en un camino de tierra unos cientos de metros, era el final de su recorrido y el principio del nuestro. Para mí era la primera vez que hacía una marcha de montaña para pasar la noche. Y claro, en esa época no existía el Decathlon para comprar unas botas, y mucho menos en León. Así que tiré de lo mejor que tenía, las botas de la mili. No eran lo mejor para hacer montaña pero al menos cubrían los tobillos (que bien me vinieron a la vuelta bajando por pedreras interminables).

El principio fue para atemperar los ánimos, una subida escarpada en la que tuvimos que tirar hasta de brazos. Empecé a darme cuenta que la jornada no era un paseo de placer por el Retiro. En cuanto salvamos el escollo empezaron las alegrías, nos encontramos de golpe con la Vega del Liordes, un impresionante espacio verde rodeado de montañas en el que se pueden observar a lo lejos alguna manda de caballos salvajes.




Este espacio natural nos permitió coger algo de oxígeno, nada mejor en un lugar como este ya que es prácticamente llano, y aunque la mochila cargaba algunos kilos hasta parecía ligera.

Poco a poco fuimos dejando la Vega a nuestras espaldas y comenzamos a transitar por caminos cada vez más complicados. Afortunadamente lucía un sol espléndido, porque con niebla algunas de las partes del camino se tornarían imposibles, con pasos de un metro de ancho y barrancos interminables a la derecha.

Después de casi cinco horas de marcha conseguimos llegar a nuestra meta, el refugio de Collado Jermoso, enclavado al pie de un barranco de cientos de metros y con una vistas impresionantes de los Picos de Europa.




Por fin pudimos dejar las mochilas y reponer fuerzas, que falta me hacía. Las piernas empezaban a dar señales de agotamiento. Cuando me dijeron que eso era solo un descanso y que por la tarde tocaba subir hasta el pico Llambrión quinientos metros más arriba me revelé, dije que no podía más y que me quedaba en el refugio. Intentaron convencerme que era la parte más sencilla, que las mochilas se quedaban en el refugio y que si me quedaba no tendría nada que hacer.

Y me convencieron, me quedé en el refugio para no hacer absolutamente nada. En realidad si que hice, me tumbé en la explanada de hierba junto al refugio a descansar, a ver los rebecos tumbados en los neveros, a las rapaces sobrevolando nuestras cabezas, a ver como se acercaban las lejanas nubes.
El silencio y la Paz que se encuentran en lo alto de una montaña a 2.000 metros de altura son impresionantes.

Al atardecer ya estaban de regreso, y todos juntos nos sentamos a ver el espectáculo que el final del día nos deparaba, un impresionante mar de nubes que entró por debajo de nosotros desde el Cantábrico y que en poco tiempo cubrió todo el valle.


 


Fue un final de día brutal, de esos que cuesta describir con palabras, de los que todos en algún momento de nuestra vida deberíamos disfrutar. Poco importaba que la bajada al día siguiente fuera más complicada que la subida, por disfrutar de aquellos instantes merecía la pena sufrir unas horas. Solo nos quedaba escuchar a oscuras el partido de octavos de final del mundial de Estado Unidos del 94 entre España y Suiza, como los de antes, vibrando con las ondas que emitía un transistor de pilas, disfrutando como nunca de cada uno de los tres goles que aquel día se marcaron.



3 comentarios:

  1. Bonito relato y preciosa foto parece de cuento¡¡¡
    me lo apunto como destino,seguirá ese albergue?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Por supuesto que sigue, creo recordar que tenía 20 plazas que se ocupan por orden de llegada. Lo que no te podrán garantizar es el mar de nubes.

      Muchas gracias por tu comentario.

      Eliminar
  2. Efectivamente, impresionene relato y magníficas fotos!!!También me apuntaría el destino, pero no sé si sería capaz de llegar

    ResponderEliminar