La semana ha sido agotadora, no se como
he podido resistirla. Todo con malas formas, todo para ayer, siempre
la misma historia. Menos mal que ya estamos a sábado y las diez
horas de cama me han sentado de maravilla, realmente las necesitaba.
El día es espléndido, las lluvias
torrenciales fruto de las tormentas ya son historia y en la mañana
luce un sol radiante que desprende un calor de justicia para las
horas que estamos.
El desayuno fue algo ligero, apenas un
café con leche. Ya almorzaría fuerte cuando llegase.
Había decidido salir con el coche a
recorrer kilómetros, le encantaba hacerlo y al mismo tiempo, aunque
resulte paradójico, le servía como mecanismo para relajarse. Desde
que había cambiado su viejo coche por un compacto deportivo lo hacía
muy a menudo.
Se preparó con ropa cómoda, bermudas
amplios, camiseta ajustada y zapatillas deportivas. Por supuesto no
podían faltar las gafas de solo modelo aviador, complemento
imprescindible en días soleados como el de hoy.
Bajó al garaje, se montó en el coche
y lo arrancó. El motor empezó a girar. Se ajustó el cinturón,
seleccionó la emisora de música dance que le gustaba, engranó la
primera y se puso en marcha.
La primera parte del recorrido era la
que peor llevaba, siempre con tráfico denso, fuera el día que
fuera. Es lo que tiene vivir en el centro. Veinte minutos y unos
cuantos frenazos después ya atisbaba al fondo el comienzo de la
carretera comarcal a la que se dirigía.
A su alrededor el campo estaba
completamente verde y florido, los rigores del calor todavía no
habían hecho estragos en la vegetación y la primavera brillaba con
todo su esplendor. A ambos lados de la carretera los árboles la
flanqueaban haciendo un inmenso pasillo.
Le gustaba enfilar está última recta
a fondo, reducir de forma salvaje al llegar a la curva, pasar de
quinta a tercera y nuevamente pie a tabla para mantener la
trayectoria. Y a partir de ese punto enlazar curvas a derecha e
izquierda durante un par de kilómetros, oscilando siempre entre
tercera y cuarta, con el pie derecho como una peonza, oscilando entre
freno y acelerador, con movimientos bruscos de la mano derecha para
cambiar de marcha y nuevamente al volante para ayudar a la izquierda
a mantener la trayectoria.
Esas primeras curvas le servían para
ir tensando los nervios, preparando la adrenalina para lo realmente
divertido, unos kilómetros más adelante donde la carretera bordeaba
la montaña y las curvas ya no tenían la visibilidad de las
primeras.
Pero ese día no pudo empezarlo como le
gustaba, llevaba delante un coche que no tenía ninguna intención de
derrochar gasolina. Y claro, al haberse levantado más tarde el
tráfico en sentido contrario era más intenso de lo habitual.
Conclusión, no pudo adelantarle y ya estaban negociando la primera
curva.
Aunque conocía el recorrido al dedillo
y sabía que era imposible adelantar hasta el final del primer tramo
de curvas la ansiedad le podía. Aceleraba siempre más, y más
deprisa que el coche que tenía delante lo que le provocaba bruscos
frenazos para no alcanzarle y una incipiente dosis de nerviosismo.
Última curva y llegarían a una recta,
no demasiado larga pero recta al fin y al cabo. Dejó algo de
distancia antes de llegar a ella, redujo a tercera al entrar y
aceleró, había que salir con fuerza.
¡ Mierda !, no contaba con el tráfico
de frente, dos coches separados por la distancia justa para no poder
adelantar antes de ninguno de ellos por mucha potencia que tuviera el
coche. Nuevo frenazo y nueva espera. Calculó la velocidad de los
coches que venían para mentalmente planificar el adelantamiento al
final de la recta, al fin y al cabo si ya los estaba viendo a los dos
era porque había sitio suficiente al final.
No pasaron más que unos segundos
cuando se cruzó con el segundo de los coches, la recta se terminaba
pero tenía el espacio justo. Redujo a tercera y apretó las manos
contra el volante. Giro brusco a izquierda y casi de continuo a
derecha. Estaba seguro de haber pisado la raya continua, pero había
merecido la pena.
Efectivamente había finalizado el
adelantamiento en zona prohibida y eso tiene sus consecuencias, había
reducido el espacio de frenado antes de la curva a la mínima
expresión. Frenó casi a fondo al mismo tiempo que hundía el pie
izquierdo en el embrague, soltaba la mano derecha del volante y con
un manotazo engranaba la tercera. La curva ya estaba casi en su
mitad cuando consiguió girar el volante. El coche reaccionó a la
perfección, tomando raudo la dirección correcta. Sujetó el volante
con fuerza porque la inercia empujaba la parte trasera al exterior de
la curva. Las ruedas comenzaron a chillar fruto de la falta de
adherencia.
Ya casi lo había conseguido salvo por
un pequeño matiz con el que no había contado, las lluvias de la
semana habían arrastrado parte de la arena de la montaña hasta la
carretera. Las ruedas al límite y la arena hacen un cóctel
explosivo. El zigzag no se hizo esperar, intentó recuperar la
trayectoria a base de contravolante pero la velocidad continuaba
siendo excesiva y la carretera demasiado estrecha. Estaba perdiendo
el control.
El conductor del coche que en ese
momento se dirigía a la curva en la dirección opuesta pudo ver sus
ojos desorbitados por el pánico justo en el instante en que el coche
salía del asfalto y enfilaba el grueso tronco de uno de los árboles
de la carretera. Tuvo el tiempo justo de frenar para no impactar
también con el.
Descanse en Paz.
P.D. No creo que sea necesario incluir ninguna imagen, seguro que cada uno de nosotros tenemos alguna en nuestra retina.
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