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sábado, 26 de mayo de 2012

Velocidad y asfalto


La semana ha sido agotadora, no se como he podido resistirla. Todo con malas formas, todo para ayer, siempre la misma historia. Menos mal que ya estamos a sábado y las diez horas de cama me han sentado de maravilla, realmente las necesitaba.

El día es espléndido, las lluvias torrenciales fruto de las tormentas ya son historia y en la mañana luce un sol radiante que desprende un calor de justicia para las horas que estamos.

El desayuno fue algo ligero, apenas un café con leche. Ya almorzaría fuerte cuando llegase.
Había decidido salir con el coche a recorrer kilómetros, le encantaba hacerlo y al mismo tiempo, aunque resulte paradójico, le servía como mecanismo para relajarse. Desde que había cambiado su viejo coche por un compacto deportivo lo hacía muy a menudo.

Se preparó con ropa cómoda, bermudas amplios, camiseta ajustada y zapatillas deportivas. Por supuesto no podían faltar las gafas de solo modelo aviador, complemento imprescindible en días soleados como el de hoy.

Bajó al garaje, se montó en el coche y lo arrancó. El motor empezó a girar. Se ajustó el cinturón, seleccionó la emisora de música dance que le gustaba, engranó la primera y se puso en marcha.

La primera parte del recorrido era la que peor llevaba, siempre con tráfico denso, fuera el día que fuera. Es lo que tiene vivir en el centro. Veinte minutos y unos cuantos frenazos después ya atisbaba al fondo el comienzo de la carretera comarcal a la que se dirigía.

A su alrededor el campo estaba completamente verde y florido, los rigores del calor todavía no habían hecho estragos en la vegetación y la primavera brillaba con todo su esplendor. A ambos lados de la carretera los árboles la flanqueaban haciendo un inmenso pasillo.
Le gustaba enfilar está última recta a fondo, reducir de forma salvaje al llegar a la curva, pasar de quinta a tercera y nuevamente pie a tabla para mantener la trayectoria. Y a partir de ese punto enlazar curvas a derecha e izquierda durante un par de kilómetros, oscilando siempre entre tercera y cuarta, con el pie derecho como una peonza, oscilando entre freno y acelerador, con movimientos bruscos de la mano derecha para cambiar de marcha y nuevamente al volante para ayudar a la izquierda a mantener la trayectoria.
Esas primeras curvas le servían para ir tensando los nervios, preparando la adrenalina para lo realmente divertido, unos kilómetros más adelante donde la carretera bordeaba la montaña y las curvas ya no tenían la visibilidad de las primeras.

Pero ese día no pudo empezarlo como le gustaba, llevaba delante un coche que no tenía ninguna intención de derrochar gasolina. Y claro, al haberse levantado más tarde el tráfico en sentido contrario era más intenso de lo habitual. Conclusión, no pudo adelantarle y ya estaban negociando la primera curva.

Aunque conocía el recorrido al dedillo y sabía que era imposible adelantar hasta el final del primer tramo de curvas la ansiedad le podía. Aceleraba siempre más, y más deprisa que el coche que tenía delante lo que le provocaba bruscos frenazos para no alcanzarle y una incipiente dosis de nerviosismo.

Última curva y llegarían a una recta, no demasiado larga pero recta al fin y al cabo. Dejó algo de distancia antes de llegar a ella, redujo a tercera al entrar y aceleró, había que salir con fuerza.

¡ Mierda !, no contaba con el tráfico de frente, dos coches separados por la distancia justa para no poder adelantar antes de ninguno de ellos por mucha potencia que tuviera el coche. Nuevo frenazo y nueva espera. Calculó la velocidad de los coches que venían para mentalmente planificar el adelantamiento al final de la recta, al fin y al cabo si ya los estaba viendo a los dos era porque había sitio suficiente al final.

No pasaron más que unos segundos cuando se cruzó con el segundo de los coches, la recta se terminaba pero tenía el espacio justo. Redujo a tercera y apretó las manos contra el volante. Giro brusco a izquierda y casi de continuo a derecha. Estaba seguro de haber pisado la raya continua, pero había merecido la pena.

Efectivamente había finalizado el adelantamiento en zona prohibida y eso tiene sus consecuencias, había reducido el espacio de frenado antes de la curva a la mínima expresión. Frenó casi a fondo al mismo tiempo que hundía el pie izquierdo en el embrague, soltaba la mano derecha del volante y con un manotazo engranaba la tercera. La curva ya estaba casi en su mitad cuando consiguió girar el volante. El coche reaccionó a la perfección, tomando raudo la dirección correcta. Sujetó el volante con fuerza porque la inercia empujaba la parte trasera al exterior de la curva. Las ruedas comenzaron a chillar fruto de la falta de adherencia.
Ya casi lo había conseguido salvo por un pequeño matiz con el que no había contado, las lluvias de la semana habían arrastrado parte de la arena de la montaña hasta la carretera. Las ruedas al límite y la arena hacen un cóctel explosivo. El zigzag no se hizo esperar, intentó recuperar la trayectoria a base de contravolante pero la velocidad continuaba siendo excesiva y la carretera demasiado estrecha. Estaba perdiendo el control.

El conductor del coche que en ese momento se dirigía a la curva en la dirección opuesta pudo ver sus ojos desorbitados por el pánico justo en el instante en que el coche salía del asfalto y enfilaba el grueso tronco de uno de los árboles de la carretera. Tuvo el tiempo justo de frenar para no impactar también con el.

Descanse en Paz.


P.D. No creo que sea necesario incluir ninguna imagen, seguro que cada uno de nosotros tenemos alguna en nuestra retina.

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