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sábado, 5 de mayo de 2012

Noche de luna


Nos bajamos de la guagua que nos transportaba desde el hotel, era como esos autobuses escolares de las películas Estadounidenses pero con mucho colorido y muy pocas luces. La música, caribeña por supuesto. Era mejor así, de esa forma no podías ver la realidad.

Cuando llegué a la puerta del local nada hacía presagiar como acabaría la noche. Desde luego no iba a ser lo que yo tenía en mente.

Alrededor de la puerta estaba plagado de personas deseando que las ayudaras a poder entrar dentro, ya que de otra forma les resultaba imposible. Entré deprisa, no quería saber nada de esa gente, no es que tuviera nada en contra, simplemente no me apetecía, no era lo que yo estaba buscando. Tampoco tenía muy claro que estaba buscando, pero algo dentro de mi me decía que eso no me convenía.

El sitio era bastante peculiar, con dos plantas decoradas con cañas de bambú. Las paredes exteriores eran balconadas con las barandillas del mismo material, sin cristales. Al fin y al cabo no molestaban a nadie, estaba directamente enclavado en la playa. No se estaba nada mal.

La noche fue pasando como otras muchas, observando de forma discreta a la gente del local, buscando algo diferente. El único entretenimiento resultó ser ver como el camarero preparaba las caipirinhas, todo un artista. Lástima que lo hiciera en vasos de plástico, es el precio que había que pagar por compartir espacio con uno de los restaurantes de la playa.
La verdad es que tarde algo de tiempo en caer en la cuenta que era el mismo lugar donde por la mañana me había tomado una piña colada después de dar un paseo en un velero.

El baile nunca ha sido mi fuerte, y después de varias horas escuchando salsa, bachata, ballenato y no se cuantas variedades más, todo me parecía lo mismo. Ya seguía tan solo como cuando me había bajado del avión unos días antes, después de un viaje de más de diez horas y una escala intermedia. Después del compañero de avión que me cayó en suerte, casi que agradecía la soledad.

Por mucho calor que hiciera, seis caipirinhas y no se cuantas piñas coladas a lo largo del día empezaban a ser demasiadas. Si no bebía más, ni bailaba, ni hablaba con nadie, ¿ que pintaba allí ?.

Decidí que ya era hora de poner punto y final a aquella noche, al menos esa era mi intención, así que puse rumbo a la puerta para coger la guagua de regreso al hotel.

Me dijeron que se acababa de marchar y que tardaría unos quince minutos. Me giré y vi la playa. La calle tenía muy poca luz, pero increiblemente la playa estaba iluminada. Era consecuencia de una luna llena espectacular, que dejaba una estela de luz en el mar Caribe que llegaba hasta la arena, como si de un camino se tratará.



Me quedé maravillado contemplándolo, caminando inconscientemente hasta la orilla. Hasta que algo ocurrió.

- ¿ Por qué no vas con ella ?.

Me volví y vi a un niño de no más de 8 años, ¡ a esas horas de la noche y un niño !. Viendo mi cara de sorpresa me volvió a decir.

- ¿ Por qué no vas con ella ?, está llorando.

Me cogió de la mano y me acercó, dejándome solo a unos pasos de ella. Efectivamente estaba llorando. Yo no la conocía de nada, ni tan siquiera me sonaba de haberla visto en el local, pero por su apariencia era indudable que había seguido los mismo pasos que yo.

- ¿ Puedo ayudarte en algo ?.
- No gracias
- No quería interrumpirte, de hecho ni sabía que llorabas. En realidad ni había dado cuenta que estabas aquí. - Y señalando al niño continué -. Ha sido el quien me ha traído hasta aquí.
- Hay que ver que sensibilidad tienen los niños. No se preocupe, estoy bien.
- No se lo que te ocurrirá, pero no merece la pena que estés llorando aquí sola y no estés disfrutando de una noche como esta.
- En serio, estoy bien, solo que me apetece estar sola.
- Entendido, yo ya me marchaba.

Me aparté unos cuantos pasos y me quedé pensando en lo ocurrido. No tenía ni idea de lo que la ocurría, ni tan siquiera si era por algo de esa noche o ya lo traía cuando llegó. Tampoco sabría decir a ciencia cierta su procedencia, el acento era Argentino o Uruguayo, nunca he sabido distinguirlos.

No tardó mucho en llegar la guagua del hotel. Me monté y procuré sentarme en una zona alejada. Todavía me quedaban unos días para disfrutar de las vacaciones.

No volví a saber nada más de ella.


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