La tarde era muy calurosa, como
corresponde a un día cualquiera del mes de Julio en Madrid. Más que
calurosa se podría decir que era sofocante, pero no le importaba lo
más mínimo. El día había sido agotador, algo demasiado habitual
en los últimos tiempos, solo había una diferencia con el resto de
los días, algo que lo hacía totalmente diferente, que hoy tenía
una cita.
Cierto es que no era la primera cita,
pero lo que la hacía especial a este era el lugar, había quedado a
cenar en casa de Sofia. Y eso si era nuevo, nunca había pasado de la
entrada las veces que había ido a buscarla.
Antes de salir de la oficina Daniel
pasó por el baño. Un vistazo en el espejo para comprobar que todo
seguía en orden, casi tan impecable como doce horas antes cuando se
aprestaba a salir de casa camino del trabajo. Se montó en el coche,
arrancó y comenzó a sonar la música.
No le convencía mucho lo que estaba
escuchando y cambió de disco, prefería algo más calmado. No es que
se encontrase nervioso, al contrario, se sentía tremendamente
tranquilo, pero prefería una música más relajada.
Tardo mucho menos de lo normal en
recorrer el trayecto que separaba la oficina de su casa, que fuera el
mes de Julio y a esas horas ayudaba bastante. Las ocho en punto, fiel
a su costumbre había llegado a la hora prevista.
El recibimiento no hacía presagiar
nada interesante, no se puede decir que fuera frío, pero tampoco fue
un alarde de pasión. Al menos ella estaba radiante, con un vestido
verde que remarcaba su figura.
La tertulia se desarrollo en la cocina,
con una sin alcohol en la mano mientras se terminaba de hacer la
cena. Aunque en la calle el bochorno era importante, la temperatura
en el interior era bastante más agradable gracias a la ligera brisa
que corría entre las ventanas abiertas.
La mesa ya estaba lista y la cena
también, solo faltaba encender las velas y descorchar la botella de
vino blanco que habían sacado del frigorífico un instante antes.
La conversación continuó en la cena,
cada vez más distendida, mientras de fondo se escuchaban las
canciones de una emisora cualquiera. Poco importaba lo que sonara, la
cercanía y el vino comenzaban a ser un cóctel extremadamente
peligroso.
Recogieron la mesa mientras apuraban
los restos de la botella de vino. Y el juego comenzó, o quizás
continuó, quien sabe. Ella se sentó en un pequeño taburete
mientras buscaba algo de música entre los cd's. El la siguió, y se
sentó junto a ella mientras seguían conversando sobre el pasado,
sobre la vida, sin remordimientos, solo recordando. La escena
resultaba curiosa, a un lado de la estancia la mesa con las velas que
aún continuaban ardiendo, y ellos en la esquina opuesta, sentados
muy cerca el uno del otro, pero sin tocarse.
De repente algo cambió, algo dijo ella
relativo a sus molestias en el cuello fruto del trabajo sedentario de
oficina, y con la mayor naturalidad del mundo el tomó su cabeza
entre sus manos, separando los dedos comenzó a recorrer con ambas
manos su cuello, deslizándose desde la nuca hasta los hombros, con
suavidad pero con presión. Ella cerró los ojos, esos inmensos ojos
marrones, y se dejó hacer, al principio con mayor tensión, pero a
medida que pasaban los segundos la escasa resistencia fue cediendo,
ya no había barreras.
Estaban sentados uno frente al otro,
las manos de él rodeaban la cabeza de ella, que se dejaba llevar, se
la notaba que se encontraba totalmente relajada. Cada vez estaban más
próximos, no podía ser de otra forma al intentar darla el masaje
mirándola a la cara.
La música, las velas, el vino, su
piel,... no lo puedo evitar, tan cerca se encontraba de ella que la
besó. La besó en los labios con suavidad, con dulzura, cuando ella
había bajado todas sus defensas. Parecía estar esperándolo.
Lentamente abrió los ojos, se miraron
a escasos centímetros y ella le devolvió el beso, pero esta vez fue
un beso consentido, lleno de pasión, el beso de dos enamorados una
noche de Julio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario